¿Cuánto vale un cuerpo?
Existe algo particularmente obsceno en la manera en que hemos aprendido a hablar del amor, no obsceno porque hablemos demasiado del coito fuera del matrimonio, o porque mostremos mucho nuestra piel, o porque las relaciones contemporáneas hayan abandonado algún supuesto cultural o religioso del pudor pasado: digo obsceno porque hablamos del deseo como si habláramos de un mercado, de la bolsa en times square, o de los productos que comparamos y consumimos en nuestra tienda de conveniencia.
Decimos que alguien está fuera de nuestro alcance o, por el contrario, que estamos fuera del alcance de otra persona. Hablamos de hombres y mujeres de alto valor y de perdedores — sobre todo de aquellos que tal vez no han alcanzado cierto nivel económico antes de sus 30 años — . Existe una tendencia a calcular qué aporta cada relación a nuestras vidas, y cuando se trata de las parejas románticas — a menos que tengas problemas de autoestima— nos preguntamos cada mes que pasa si podemos conseguir algo mejor o si realmente esto es todo lo que nuestro cuerpo y nuestra mente pueden atraer.
Los cuerpos, — el propio y el ajeno— es clasificado por rangos, asi mismo las profesiones, los salarios y los estilos de vida. El capital cultural, económico y social de una pareja realmente puede convertirse en una declaración pública sobre lo que pensamos de nosotros mismos o sobre nuestro propio valor. Lamentablemente el lenguaje económico ha penetrado hasta tal punto que la intimidad nos resulta extraña si se queda únicamente entre dos personas y no como parte de una interfaz de estructuras cognitivas que sube o baja cifras en las categorias sociales.
La lógica detrás de el final del amor
El libro/ensayo La agonía del Eros por Byung-Chul Han fue publicado antes de que Tinder y sus equivalentes terminaran de normalizarse globalmente para conocer y seleccionar a personas mediante interfaces. Antes de que el cuerpo se integrara de la manera actual a una economía cotidiana de exposición digital — y antes de que la industria del fitness alcanzara su actual presencia en las redes sociales — este y el libro El Fin Del Amor por Eva illiouz hablan de la “lógica” — filosofía, razón, etc— detrás de fenómenos culturales como la soledad masculina, o el porqué las personas obtienen menos placer en la actividad sexual.
Los resultados de un informe breve de investigación titulado: Ámame en Tinder: Imagen corporal y funcionamiento psicosocial en hombres y mujeres (2017) por Jessica Strubel y Trent. A Petrie encontraron que sus usuarios reportaban en promedio menos satisfaccion en sus rostros y cuerpos, y mayor comparación de apariencia tanto con las personas con las que salían como con aquellas que veían inscritas en la aplicación. Existía una mayor vigilancia corporal y, asimismo, mayor vergüenza corporal en contraste con aquellos sujetos que no utilizaban la aplicación.
El amor — sostiene Han— no agoniza simplemente porque tengamos demasiadas posibilidades para elegir, tampoco porque seamos demasiado libres sexualmente, su crisis tiene que ver con la idea individual de el otro y lo que esa otredad debe y puede desear de mi y yo de ella. Quizás lo que impacta a mi generación sea que hemos aprendido a desear cuando el deseo ya había comenzado a convertirse en mercado.
El deseo y el mercado.

“Típica propaganda que mercantiliza el cuerpo”
Tengo 23 años; pertenezco a una generación que difícilmente puede recordar un mundo adulto anterior a las redes sociales, a los algoritmos de recomendación y a la exposición permanente del cuerpo. Cuando intento pensar qué significa ser deseada, me resulta difícil separar esa experiencia de otras palabras como valor, competencia, rendimiento, disciplina y selección. No sé si alguna vez aprendí a experimentar el deseo únicamente como deseo, pues para mí está más relacionado con la supervivencia. Porque lo aprendí también como supervivencia.
He aprendido a mirar mi cuerpo e imaginar simultáneamente la mirada de los demás; me pregunto qué comunica, si me vendo como una mujer disciplinada, si parezco saludable y femenina, inteligente sin dejar de ser atractiva, si parezco atractiva sin parecer desesperada por serlo, si mi cuerpo evidencia autocontrol, si mi ropa comunica seriedad, si mi apariencia confirma aquello que pretendo decir acerca de mí misma.
El cuerpo corre entonces el riesgo de convertirse en una especie de currículum involuntario sobre el cual otros proyectan virtudes morales, y esto es muy interesante en el mundo de la psicología porque, como hablamos de la psique, de las emociones y de la moralidad humana, debemos proyectar exactamente control, ecuanimidad y excelencia, pues vendemos la idea de que se puede “entrenar” a la “mente” para ciertos propósitos.
Pero manteniendo la línea del amor y del sexo de la que escribía anteriormente, existe una paradoja en la cultura contemporánea, se mencionó el estudio de cómo la autovigilancia y la insatisfacción corporal se ven afectadas en plataformas como Tinder. Ésta es una tecnología destinada a promover el cuerpo y la actividad sexual, sin embargo, las personas comienzan a construir un cuerpo permanentemente destinado a ser observado que no facilita la posibilidad de experimentar al mismo sexualmente.
La autovigilancia.
Aquí coexisten dos fenómenos que culturalmente tendemos a confundir: ser un objeto sexualmente deseable no es la misma cosa que ser un sujeto capaz de experimentar un sexo saludable. Desde la teoría de objetivación, la exposición crónica a contextos donde el cuerpo es evaluado en función de un consumo — casi industrial— lleva al sujeto a interiorizar la perspectiva de un observador y comienza a contemplar su propio cuerpo desde afuera. — Por eso la ejemplificación hace dos párrafos atrás, sobre cómo la generación después de los millennials experimenta el deseo.— La investigación de Kasprowicz y Choma, (2026) describe la autoobjetivación como la internalización de una mirada externa sobre el cuerpo, que se manifiesta a través de una vigilancia persistente de la apariencia y que “la autoobjetivación, a través de la conciencia corporal, predice una menor autonomía sexual y una menor satisfacción sexual entre todas las mujeres”
Alimentamos, pesamos, depilamos, teñimos, perfumamos, bronceamos y constantemente invertimos en el cuerpo que vendemos. No por sí solas, estas prácticas, como entrenar o maquillarse, demuestran una forma de autoobjetivación; el problema que se discute aquí es cuando la preocupación por cómo se percibe el cuerpo excede y desplaza los objetivos de habitar el cuerpo, especialmente cuando se trata de los encuentros sexuales.
Claudat y Warren (2014) examinaron la vigilancia corporal, la vergüenza corporal y la autoconciencia del cuerpo durante la actividad sexual en un grupo étnicamente diverso de 368 mujeres universitarias estadunidenses. Los autores sintetizaron el resultado de la siguiente forma:
“Body surveillance and shame predicted increased body self-consciousness during sexual activity” (Claudat & Warren, 2014, “Highlights”).
Y, posteriormente:
“Body self-consciousness predicted decreased sexual satisfaction” (Claudat & Warren, 2014, “Highlights”).
Por otro lado, la autoobservación durante el encuentro sexual es otro fenómeno que promueve el contemplarse, evaluarse y, por lo tanto, sospechar cómo el otro le percibe. En lugar de permanecer atento a las sensaciones corporales y al encuentro con la otra persona, el sujeto queda consumido por este fenómeno tradicionalmente denominado como spectatoring. La conciencia queda entonces dividida, mientras una parte a duras penas puede experimentar el encuentro sexual, la otra observa la experiencia, preguntándose: ¿Cómo se ve mi abdomen desde aquí? ¿Qué expresión estoy haciendo? ¿Estoy sudando mucho? ¿Mi cuerpo se parece a la fotografía que envié la noche anterior? ¿La persona realmente le está gustando o solo está fingiendo?
Se sabe que las redes sociales introducen la mentalidad de que el cuerpo no solamente puede ser observado y juzgado por otros en tiempo real, sino también fotografiado, editado, publicado y comparado y posteriormente contemplado por su propietario como si este se tratara de un objeto externo. Una investigación reciente de Maheuz et al.,(2025) describe que a mayor conciencia de la apariencia en redes sociales, había mayor conciencia corporal durante la actividad sexual y un efecto menor con la asertividad sexual.
Tal parece, construimos un cuerpo para ser deseado y después tenemos dificultades para habitarlo. Esto no significa que toda preocupación estética produzca insatisfacción sexual, pero los psicólogos deberíamos estudiar la existencia de un mecanismo psicológico compatible con la asociación de la exposición crónica a redes sociales y el fin del amor.
El fin de la mercancía “perfecta”
Comenzamos a internalizar — aunque no estemos conscientes de ello— que el sexo arruina la mercancía perfecta que hemos construido. Los cuerpos sexuales sudan, se desordenan, huelen raro, producen fluidos, se hacen en posiciones y adoptan ángulos que probablemente no escogeríamos para una foto. Tiemblan, hacen ruidos extraños y tienen sabores asquerosos. El abdomen se pliega y el rostro abandona durante unos segundos el control consciente de su representación. Rechazamos todo esto porque nos recuerda que no todo puede controlarse, limpiarse y automatizarse para que se vea como un objeto pulcro.
Es verdad que el sexo y el amor no son la misma cosa. Podemos amar a alguien con todo nuestro ser sin habernos lo llevado a la cama y podemos mantener relaciones sexuales con alguien a quien ni siquiera le tenemos empatía. El que sean experiencias distintas no las exime de que ambas estén experimentando un mismo fenómeno bajo las transformaciones culturales que afectan nuestra capacidad de amar y de experimentar nuestro cuerpo sexuado y experimentar también al otro. Ambos evidencian nuestra creciente dificultad para relacionarnos con todo aquello que no podamos convertir en a) un espejo, b) un “upgrade” o c) una imagen controlable.
Amar a alguien es… casi una experiencia religiosa… es horrible, duele, es agrio y luego es dulce y acelerante: soportar que el otro sea verdaderamente otro. Significa encontrarse con una conciencia que no entendemos ni podemos ver en su totalidad, por lo tanto, tampoco podemos administrarla. La otredad maneja un deseo propio que no necesariamente nos elige, mantiene a un alguien cuya existencia excede la función que cumple en nuestras vidas y cuyo valor no puede reducirse satisfactoriamente a una suma de atributos.
Algo semejante ocurre con el sexo, pues este exige algo que la industria pelea agresivamente por obtener de nosotros: dejar de contemplar el cuerpo para poder habitarlo. El placer requiere de una pérdida de la vigilancia, nuestra completa atención a una sensación que está ocurriendo en el aquí y el ahora.
El otro día hice una encuesta en mi universidad sobre cuántas chicas hemos tenido orgasmos pensando en la lista de pendientes de la semana, o en las calorías que nos comimos en esa cita, cuántas hemos dejado de quitarnos el sostén durante el sexo porque no queremos que nuestros pechos pierdan la forma plástica que el nuevo push-up de Victoria’s Secret les da. Les sorprenderían los resultados de dicha encuesta. El 89% de las mujeres respondieron sí a todo. Este tema es agotador pues exige permitir que el cuerpo deje de funcionar como currículum, fotografía, mercancía, proyecto optimizado o evidencia pública de nuestro valor. La mirada que debía confirmar que somos deseables termina acompañándonos hasta la cama.
El amor y el sexo, en formas y grados distintos, son una experiencia que contradice la lógica de la mercancía. El otro siempre podrá rechazarnos y nuestro cuerpo siempre podrá traicionarnos, pero el ser humano ha vivido en una gran bola flotante de incertidumbre desde sus inicios: nadie puede amar verdaderamente sin renunciar a la fantasía de querer controlarlo todo.
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Referencias
Claudat, K., & Warren, C. S. (2014). Self-objectification, body self-consciousness during sexual activities, and sexual satisfaction in college women. Body Image, 11(4), 509–515. https://doi.org/10.1016/j.bodyim.2014.07.006
da Silva Kasprowicz, G., & Choma, B. L. (2026). Self-objectification and sexual wellbeing among women: Exploring the roles of femininity, heteronormativity, and internalized heterosexism. Body Image, 57, 102078. https://doi.org/10.1016/j.bodyim.2026.102078
Han, B.-C. (2014). La agonía del Eros (R. Gabás, Trad.). Herder. (Trabajo original publicado en 2012).
Woertman, L., & van den Brink, F. (2012). Body image and female sexual functioning and behavior: A review. The Journal of Sex Research, 49(2–3), 184–211. https://doi.org/10.1080/00224499.2012.658586