Meritocracia y la frustración de la generación Z
¿QUIÉN SE HA LLEVADO MI QUESO?
El capitalismo y el futuro que nos prometieron.
Este blog no busca la revictimización de las nuevas generaciones de cristal. Tampoco busca culpar a la generación de nuestros padres de todas las calamidades ambientales y de estructuras sociales en las que nos encontramos hoy en día. Este blog solo lo he escrito para desahogarme después de una semana de salud un poco complicada.. y en mis adentros yo sé, que no estoy sola en estos sentimientos.
- La adolescencia que me robaron.
En el 2016 yo tenía alrededor de 13 años y esperaba con ansias la llegada de mi adolescencia. Mi hermana había ido a Europa con sus amigos el año anterior, como parte del programa escolar ese año, y ella era parte del grupo de las populares, de hecho, les correspondía la cima de la pirámide trófica. Lo natural era que yo me imaginara una vida similar para mi: una adolescencia llena de aventuras, popularidad y esa maravillosa validación social que a los trece años constituye el sentido último de la existencia.
Comenzaban los años dorados de Taylor Swift, Katy Perry y el escándalo amoroso de Justin Bieber y Selena Gómez comenzaba a saberse en Latinoamérica. Yo me alimentaba de las comedias románticas adolescentes y la estética cinematográfica que We Heart It y Tumblr decoraban en los espacios virtuales. Era la época en la que todos los problemas de la juventud parecían resolverse durante una fiesta o un baile de graduación.
Era obvio que todos queríamos eso.. solamente preocuparnos por gustarle a ese alguien, chico o chica, particularmente atleta y sin demasiada profundidad intelectual, todas queríamos tener una mejor amiga que fuese nuestra alma gemela con la cual nuestros secretos se volviesen más livianos.
En lugar de eso, tuve una infancia, adolescencia y adultez temprana bastante perturbadoas por una secta a la por motivos de confidencialidad la llamaremos IBBM iglesia biblica bautista de mierda.. oops. En aquel entonces ignoraba hasta qué punto mi vida estaba condicionada por fuerzas que escapaban completamente de mi control: una familia disfuncional, una enfermedad muy dolorosa que todavía no recibía el tratamiento adecuado, la experiencia de crecer dentro de la IBBM y por supuesto, las consecuencias del capitalismo aun no me habían pateado en la cara.
Sin embargo, estaba convencida de que mis sueños de pertenencia, reconocimiento y aceptación dependían exclusivamente de mis esfuerzos. Si no conseguía integrarme socialmente, era porque algo estaba haciendo mal. ¿No me querían? Pues debía volverme más agradable. Si no encajaba, tenía que convertirme en otra persona. Y estaba dispuesta a hacerlo.
La adolescente que fui era una criatura bastante perturbada, físicamente enferma y socialmente extraña. Cringe, para utilizar una palabra que resume bastante bien la experiencia. Claro que tenía algunas cualidades, pero ninguna parecía particularmente útil para conseguir aquello que deseaba ni compensar lo extraña que era.
A los doce años ya había tenido pensamientos suicidas. A los quince estaba obsesionada con la productividad y con la idea de construir una versión extraordinariamente competente de mí misma. Y mientras algunos nos rodeaban situaciones legalmente complejas, otros, situaciones profundamente tristes, al final todos intentábamos imaginar un futuro que compensara todas las deficiencias de nuestro presente.
Cuando pienso en mi juventud, no siento nostalgia por mi adolescencia, de hecho, probablemente debería estar tratando buena parte de lo que ocurrió durante esos años en terapia, en lugar de escribirlo aquí para el entretenimiento de desconocidos.
Pero creo que lo escribo aquí para saber si alguien también encuentra esto tan irritante: Ahora, diez años después, siento que finalmente reúno muchas de las cualidades que aquella niña creía necesarias para conseguir la vida que deseaba.
Digo yo.. porque soy más competente, más interesante, más consciente de mí misma y, al menos en algunos aspectos, bastante más cercana a la persona que quería llegar a ser. Y, sin embargo, la recompensa nunca llegó.
Me siento estafada. Es como si hubiera pasado una década preparándome para una fiesta a la que, cuando finalmente conseguí entrar, ya no quedara nadie.
O, para utilizar una metáfora más apropiada para la época de los millennials y la generación Z: ¿Quién se ha llevado mi queso?
II. El queso que me prometieron
En 1998, Spencer Johnson publicó ¿Quién se ha llevado mi queso?, una fábula empresarial que terminó convirtiéndose en uno de esos libros que el mundo corporativo adora recomendar a sus empleados.
La historia presenta a cuatro personajes que recorren un laberinto buscando queso. El queso representa aquello que deseamos obtener: seguridad, éxito, felicidad, reconocimiento, estabilidad o cualquier otra cosa que consideremos necesaria para vivir bien.
Cuando el queso desaparece, los personajes reaccionan de maneras diferentes. Algunos se resisten al cambio, mientras otros aprenden a adaptarse y salen en busca de nuevas oportunidades. La moraleja es bastante sencilla: el mundo cambia, las circunstancias cambian y nosotros debemos aprender a cambiar con ellas.
Es una metáfora para el mundo gerencial de recursos humanos — ¡Oye, tu queso ya no yace aqui! Así que debemos despedirte, pero no te preocupes: el mundo cambia y nosotros debemos cambiar con él.
Para quienes estamos del otro lado, sin embargo, la historia plantea algunas preguntas bastante incómodas. ¿Quién puso el queso allí originalmente? ¿Quién decidió que debíamos encontrarlo? ¿Por qué algunos personajes nacen prácticamente al lado de una fábrica de queso mientras otros deben recorrer un laberinto entero para conseguir una miserable rebanada? ¿Y qué sucede cuando uno de los ratones está enfermo y apenas puede caminar? La fábula supone que, si el queso desaparece, nuestra responsabilidad consiste en adaptarnos.
Durante buena parte de mi vida he sentido que debía adaptarme a circunstancias que no elegí, superar obstáculos que no provoqué y responsabilizarme por resultados que dependían de mucho más que mi voluntad.
Por lo que, en un ataque de desesperación, primero he culpado a mi enfermedad —y todavía lo hago— . Hay días en los que el dolor es tan intenso que siento que voy a desmayarme. Mi cuerpo ha condicionado prácticamente todas las decisiones importantes de mi vida, incluyendo mi trayectoria académica.
No pude continuar mis estudios en la élite social y académica costarricense, alias la Universidad de Costa Rica, y terminé trasladándome a una universidad cuya carga académica me permitiera descansar. Pero es humillante pensar que, incluso allí, llega un momento en el que no puedo continuar. No importa cuánto reduzca mis exigencias ni cuánto desprecie intelectualmente mi universidad actual: mi cuerpo siempre tiene la última palabra.
Es difícil construir una identidad alrededor de la competencia cuando tu organismo parece empeñado en sabotear cualquier demostración de ella.
Después me culpo a mí misma. Pienso que quizá, si fuera menos extraña y más segura de mí misma, las oportunidades aparecerían espontáneamente, como parece sucederles a Gerardo y Orlando. — Gerardo y Orlando son seudónimos que utilizaré para hablar de dos personas importantes en mi vida, pero que en el fondo las odio muchísimo— .
Ellos son, desde mi perspectiva, feos como un culo. Son inteligentes, pero también desorganizados, emocionalmente inestables, maleducados y poseedores de una colección bastante impresionante de defectos personales. Sin embargo, tienen algo que parece compensarlo todo: inteligencia y una competencia suficiente para resultar indispensables.
Y en un mundo donde encontrar a un hombre medianamente funcional puede sentirse como descubrir un pozo de agua en el desierto, eso aparentemente basta.
Los proyectos les salen bien. Las personas confían en ellos. Se equivocan y alguien los respalda; y si llegaran a ser un completo fracaso, la vida de inmediato les otorga otra oportunidad. Ellos representan, de una manera bastante incómoda, todo aquello que yo quisiera ser. No necesariamente porque desee tener sus defectos, pero envidio profundamente la libertad de tenerlos sin que eso parezca comprometer su valor ante los demás.
Yo, en cambio, sigo sintiendo el estómago en la garganta cuando en las clases de la universidad anuncian que debemos formar parejas o grupos de trabajo. Porque estoy convencida de que nadie quiere trabajar conmigo. Y entonces hago lo que siempre he hecho: compenso mi inseguridad siendo útil.
Hago la mayor parte del trabajo. A veces hago todo el trabajo. Me aseguro de que nadie tenga razones para odiarme, aunque para conseguirlo deba convertirme en una especie de servicio académico gratuito. Soy competente y, al mismo tiempo, bastante patética. Lo sé…
A mis veintitrés años debería haber superado esa necesidad infantil de comprar afecto mediante el rendimiento. Es una conducta que esperaría encontrar en una preadolescente no en una adulta que estudia Psicología. Pero supongo que saber explicar una conducta no significa necesariamente haber dejado de reproducirla ¿o a poco si mi psicólogo cognitivo conductual?
Y quizá esa sea una de las grandes ironías de la vida de los psicólogos o cualquier otro académico afin: podemos analizar los mecanismos que nos hacen miserable y continuar obedeciéndolos.
III. La juventud que nunca ocurrió
Pensé que mi juventud estaría llena de fiestas, experiencias, romances, viajes y todas esas aventuras que supuestamente constituyen el material del que se fabrican los recuerdos.
Quería tener un baile de graduación. Uno de esos acontecimientos que las películas adolescentes presentan como el gran cierre simbólico de una etapa. Un vestido bonito, fotografías con amigas, y quizá algún romance de una noche que años después pudiera recordar con una mezcla de vergüenza y ternura.
Pero llegó la pandemia, y el COVID-19 se llevó también esa experiencia. Sé que, comparado con las pérdidas humanas y económicas de aquellos años, quedarse sin baile de graduación, y sin el primer año universitario puede parecer una tragedia bastante insignificante.
Pero esque no se trata únicamente de una fiesta, es la acumulación de experiencias que nunca ocurrieron. La adolescencia que imaginamos todos y no tuvimos y los rituales que debían marcar nuestra transición hacia la adultez y que simplemente desaparecieron.
Y ahora que soy adulta, descubro que tampoco puedo recuperar fácilmente aquello que perdí.
Sería injusto afirmar que nunca me ha ocurrido nada bueno. El año pasado la vida me sonrió. Asistí a congresos, viajé a Europa con los gastos cubiertos y tuve experiencias académicas y personales que, en otras circunstancias, jamás habría imaginado posibles.
También he adquirido conocimientos que nadie puede quitarme.
Pero sigo teniendo la sensación de no haber vivido, además, no creo que esto se reduzca solo a mi, es como si todas las personas de mi edad (exceptuando aquellas que se rodearon siempre de universidades estatales) no diferenciamos entre el adolescente que eramos hace cinco años, y los adultos que se supone somos ahora.
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IV El Amor en los tiempos de cólera mi hermano..
También he descubierto que el amor —eso que las películas dosmileras se rodeaba de utensilios de cocina, cojines decorativos y textiles para la sala de la línea de Martha Stewart— puede resultar bastante decepcionante. Incluso las relaciones relativamente sanas terminan enfrentándose a una dificultad socialmente estructural: sostener el interés, la intimidad y el compromiso cuando los planes a futuro de la otra persona se derrumban ante sus propios ojos y, de paso, se llevan consigo los “nuestros”.
Dejando de lado que nos hemos acostumbrado tanto a consumir experiencias que terminamos relacionándonos con las personas como si fueran productos, el amor, que debería nutrirse como cualquier otro sistema viviente, muchas veces no resiste las presiones de la sociedad en la que intentamos sostenerlo. No podemos salir de casa de nuestros padres como muchos de ellos lo hicieron a los veinte años. No tenemos dinero, ni trabajos estables que nos permitan independizarnos y apañárnoslas solos. Somos cada vez más ambiciosos, tenemos proyectos personales que no necesariamente contemplan a la otra persona y, para colmo, se nos exige construir una identidad individual extraordinaria antes de atrevernos a compartir la vida con alguien más.
El amor, cuando no viene decorado con los retoques de nuestra amada Martha Stewart, termina pareciéndose menos a la promesa de una vida compartida y más a abandonar la relativa comodidad de nuestra fortaleza para irnos a vivir como ogros a un pantano. Y no precisamente al pantano de Shrek, donde al menos tenían una propiedad privada, un burro que ofrecía compañía emocional y la posibilidad de resolver sus conflictos matrimoniales mediante una aventura fantástica. Esto es más al pantano de alquileres impagables, deudas, jornadas laborales miserables y condiciones de precariedad que buena parte de los latinoamericanos debemos aceptar para poder sobrevivir. Uno comienza imaginando una casa con flores en la cocina y termina discutiendo con su pareja sobre quién va a pagar la electricidad o si realmente es necesario comprar papel higiénico de tres capas.
Y aunque García Márquez nos haya convencido de que el amor puede sobrevivir incluso en tiempos de guerra, sospecho que la supervivencia de una relación no constituye, por sí misma, una prueba de felicidad. Dos personas pueden amarse profundamente y terminar siendo miserables juntas. El amor no necesariamente desaparece cuando las condiciones materiales se vuelven insoportables; a veces permanece. Uno puede seguir queriendo a alguien mientras comienza a resentir la vida que ha construido a su lado.
A todo esto debemos añadir que nuestra atención, nuestros afectos y hasta la relación que mantenemos con nosotros mismos están cada vez más condicionados por una lógica de estimulación constante. Nos hemos acostumbrado a que todo resulte emocionante, novedoso y, preferiblemente, inmediato. La emoción nos interesa mientras conserva su novedad; después comenzamos a identificar defectos, imaginar alternativas y preguntarnos si no existirá por ahí una versión más conveniente de la persona con la que compartimos la cama.
Y, por supuesto, también nosotros terminamos convertidos en mercancías. No basta con ser alguien. Hay que resultar atractivo, interesante, funcional, sexualmente deseable, emocionalmente disponible y, preferiblemente, no tener demasiados problemas. Hay que tener ambiciones, pero no tantas como para descuidar la relación; independencia, pero sin parecer emocionalmente distante; vulnerabilidad, pero en cantidades suficientemente administrables para no espantar al otro. En síntesis, debemos ser personas completas, interesantes y extraordinariamente fáciles de querer, sin exigir demasiado a cambio.
Una persona enferma, agotada y con una vida complicada no constituye precisamente la fantasía romántica que las películas nos enseñaron a desear. Nadie imaginaba a su príncipe azul calculando cuánto tiempo podía permanecer de pie antes de desmayarse, ni a la protagonista de una comedia romántica cancelando una salida porque el dolor no le permite levantarse de la cama. La enfermedad es tolerable en la ficción cuando aparece como un obstáculo temporal que ennoblece el amor; cuando se vuelve una condición permanente, deja de ser romántica y comienza a parecerse demasiado a una responsabilidad.
Aunque quizá esta última conclusión sea injusta y esté profundamente contaminada por mis propias frustraciones. Tampoco puedo pretender que toda persona que se acerque a mí esté dispuesta a reorganizar su existencia alrededor de mis limitaciones, así como yo tampoco estaría necesariamente dispuesta a renunciar a mis proyectos por los de alguien más.
Lo cierto es que estoy cansada de sentir que siempre llego tarde. A las amistades, a los romances, a la universidad, a la independencia económica y a esa vida que supuestamente debía estar ocurriendo mientras yo me esforzaba por sobrevivir. Me irrita pensar que cuando finalmente consiga algunas de las cosas que deseaba a los quince años, quizá ya no me interesen de la misma manera, y el romance adolescente que esperaba con tanta ilusión haya sido reemplazado por conversaciones sobre estabilidad financiera, traumas familiares y los problemas de conveniencia que pueda traer compartir un alquiler. Que las fiestas a las que nunca fui ahora compitan con la necesidad de descansar y que incluso mis deseos parezcan haber envejecido antes de que tuviera la oportunidad de satisfacerlos.
Entonces recuerdo aquella frase de Kierkegaard: «La vida solo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero ha de ser vivida mirando hacia adelante». Es una observación filosófica elegante pero no me consuela para nada cuando uno tiene la impresión de que el pasado le debe demasiadas cosas y el futuro no ofrece ninguna garantía de compensación.
Porque cuando miro hacia atrás encuentro una cantidad absurda de experiencias que no pude vivir, decisiones que habría tomado de otra manera y versiones de mí misma que nunca llegaron a existir por la cochina enfermedad. Y al intentar mirar hacia adelante tampoco encuentro esa promesa de progreso que me permitía soportar las dificultades de mis dolencias físicas. Encuentro incertidumbre, una enfermedad que no parece tener demasiada consideración por mis aspiraciones y un mundo en el que hasta enamorarse requiere una planificación financiera.
A mi lo que más me molesta es que la vida puede privarnos de una parte importante de nuestra juventud y después exigirnos que continuemos adelante como si nada hubiera ocurrido, como si bastara con adaptarse, reinventarse y encontrar nuevas oportunidades. Como si todos tuviéramos la misma facilidad para levantarnos, salir del laberinto y buscar otro pedazo de queso.
V. El capitalismo: ¿por qué sentimos que se nos fue la vida?
En mi generación tenemos acceso a más informacion, posibilidades de comunicacion y modelos de vida que practicamente cualquier otra. Un idioma se puede estudiar desde un teléfono celular y podemos cursar una universidad del extranjero sin levantar nuestros traseros del sillón de la sala. Podemos bajar de peso con la nueva dieta de la semana de tik tok o con el nuevo plan de la nueva influencer de instagram. Tenemos casi todo lo que nos genere un placer inmediato en la palma de la mano, sin embargo, pareciera que nunca tenemos suficiente tiempo para vivir. El sociólogo alemán Hartmut Rosa presenta su teoría para comprender esta contradicción: la aceleración social.
En Social Acceleration: A New Theory of Modernity (2013), Rosa explica cómo la modernidad se caracteriza por una aceleración de los cambios tecnológicos, las transformaciones sociales y los ritmos de vida. En términos sencillos, cada vez podemos hacer más cosas en menos tiempo, pero eso no significa que sintamos disponer de más tiempo. Por el contrario, cuanto más rápido se mueve el mundo, mayor es la presión por mantenernos al día. Hay que estudiar, trabajar, aprender idiomas, hacer ejercicio, viajar, desarrollar habilidades tecnológicas, cultivar relaciones, tener experiencias interesantes y construir una identidad profesional —todo antes de los treinta, preferiblemente— .
Y mientras intentamos cumplir con esa lista interminable, la vida continúa pasando.Creo que una parte importante de mi frustración tiene que ver con esto. A los quince ya tenía mi brillante futuro planeado, y desde los dieciséis me preparaba para ingresar a medicina en la Universidad de Costa Rica. Mi tesis del colegio trataba sobre enfermedades neurodegenerativas y tuve la mejor calificación. Tenía ambiciones académicas, profesionales y personales bastante definidas.
En mi imaginación, a los veinticinco años hablaría cuatro idiomas con fluidez, tendría un trabajo estable, sería reconocida por mi compromiso profesional y viviría en una casa o apartamento que pagaría con mi propio dinero. Y lo más importante, yo sería la mejor hija de mi papa. Todos los meses le haría una transferencia a mi mamá para que pudiera ahorrar. La llevaría de compras, le pagaría el cabello y las uñas, y me aseguraría de que pudiera disfrutar de pequeñas comodidades sin preocuparse por el dinero.
No quería limitarme a dejar de ser una carga para mis padres porque yo sería parte de sus soluciones inmediatas, su contacto de emergencia para todo así como la generación de nuestros padres fueron para sus padres
Ahora tengo veintitrés años, y no conseguí ingresar a Medicina, aunque lo intenté durante dos años. Tengo una enfermedad progresiva que limita cada vez más mi autonomía. Tengo licencia de conducir, pero mi condición física me impide conducir. Hay momentos en los que mi mamá tiene que lavarme el cabello.
Y aunque sigo intentando aprender idiomas, he descubierto que hablar ruso fluidamente es bastante más complicado de lo que mi versión adolescente estaba dispuesta a admitir.
Prácticamente nada de lo que imaginaba a los quince años se ha cumplido.
Tal vez mi cuerpo, en términos estéticos, sea una de las pocas excepciones. Lo cual resulta bastante irónico, considerando que es precisamente mi cuerpo el que más dificultades me ha ocasionado.
Y entonces miro a mis padres. Ellos crecieron en familias con limitaciones económicas. Para muchos miembros de su generación, la gran ambición consistía en salir de casa, conseguir un trabajo, formar una familia y alcanzar una estabilidad que sus propios padres no habían conocido.
La vida, con sus dificultades, parecía ofrecerles una trayectoria relativamente comprensible.
Estudiar, trabajar, ascender, comprar un automóvil, conseguir una casa, viajar, celebrar navidades con comida y regalos, tener hijos que aprendieran instrumentos o practicaran algún deporte.
No digo que todo fuera sencillo ni que dicha experiencia fuera universal, pero es verdad que existía una narrativa de progreso que era completamente alcanzable. La expectativa de movilidad intergeneracional —aquella donde los hijos no solo debían vivir mejor que sus padres sino que eventualmente también podrían ayudarlos a vivir mejor a ellos— era una virtud, era uno de los clímax e indicadores del éxito.
Pero ahora mi papá tiene tres hijas adultas y ninguna de nosotras ha conseguido todavía una independencia económica que nos permita contribuir significativamente al sostenimiento familiar. De hecho, como un parásito seguimos dependiendo de él: la ducha de mi baño no funciona y él la cambia, me quedé barada en la carretera y él es el que me auxilia, necesito ir al hospital, él me lleva, necesito comprar toallas higiénicas y él las paga.
A veces me pregunto dónde quedó la recompensa de mis padres por haber trabajado tanto.
¿De qué sirvió esforzarse por darles a sus hijas oportunidades que ellos no tuvieron si esas oportunidades no se han traducido en la autonomía que todos esperábamos?
Sé que la pregunta es injusta. La enfermedad, las circunstancias personales y las condiciones económicas no pueden reducirse a una cuestión de mérito. Pero es terrible que nos hayan educado bajo la promesa de que el esfuerzo produciría progreso. Y ahora vivimos en una sociedad en la que el esfuerzo parece haberse convertido, en muchos casos, en una condición necesaria para no retroceder.
Antes imaginábamos la educación como una escalera. Todos los años, yo esperaba con ansias que mi papá me llamara a su tenebrosa oficina (fuera de este momento del que les hablo, que mi padre lo citara a uno en su oficina era motivo para llorar premeditadamente) y esperaba que uno le entregase el reporte anual de lo que se había cumplido el año anterior, qué cosas estaban en progreso y que cosas no se cumplieron del todo y por qué. Luego del exhaustivo analisis de mis metas personales, hacíamos una escalera donde por cada objetivo seguiamos una serie de pasos meticulosamente planeados para poder visualizar el inalcanzable futuro.
Luego de un tiempo de terribles fracasos, mi padre ha dejado de llamarme a su oficina, no sé si es porque ya se rindió o porque ya siente que es hora de dejar eso ir.. lo que si sé es que tanto para él como para mi, nuestras vidas de planes se convirtió una caminadora eléctrica… en la caminadora hedónica.
Uno corre, se esfuerza, acumula títulos, aprende habilidades nuevas y, cuando finalmente mira alrededor, descubre que sigue prácticamente en el mismo lugar. La exigencia aumenta, pero la recompensa no necesariamente lo hace. Y todos seguimos interpretando esa distancia entre nuestras expectativas y nuestros resultados como un fracaso individual.
Nuestros padres conquistaron el mundo. ¿Y nosotros qué heredamos?
Cuando comparo mi generación con la de mis padres noto que muchos de ellos crecieron en familias pobres, en hogares donde las herramientas educativas, psicológicas y emocionales eran bastante limitadas. Para algunos, la adultez representaba una posibilidad de escapar de la violencia familiar, de la pobreza o de las restricciones que habían definido su infancia. Salir de casa era una victoria. Conseguir un trabajo estable era una victoria. Comprar una propiedad era una victoria. Y formar (y conservar) una familia propia representaba, al menos en teoría, la culminación de todo su éxito.
Sin embargo una parte de aquella generación entiende el crecimiento económico, el consumo y la acumulación de propiedades como indicadores casi incuestionables del desarrollo humano. Progresar significaba producir más, comprar más, construir más y expandirse constantemente. Las consecuencias ambientales, las desigualdades sociales y las transformaciones de las relaciones humanas parecían cuestiones secundarias frente a la promesa de prosperidad.
No quiero afirmar que todos nuestros padres hayan pensado de esa manera, ni responsabilizar a una generación entera por procesos históricos mucho más complejos, pero sí me parece que nos educaron para reproducir una forma de vida que, en muchos casos, ya no podemos sostener.
Por otro lado, cuando una generacion como la mía no logramos ni tan siquiera trazar una imagen similar en nuestras vidas, nos interpretan como personas inmaduras, desorganizadas o insuficientemente comprometidas. ¿Y entonces? ¿Qué sucede cuando una generación construye su identidad alrededor del progreso material y la siguiente descubre que ese mismo progreso ya no está garantizado?
Nuestros padres podían imaginar que sus esfuerzos mejorarían las condiciones de vida de sus hijos. Nosotros, en cambio, comenzamos a preguntarnos si algún día podremos dejar de depender económicamente de ellos. Esta inversión de expectativas —de la inversa— tiene consecuencias psicológicas para todos nosotros, la compra inmobiliaria es lo de menos, sentimos que hemos incumplido una promesa familiar. Tendremos que mirar a nuestros padres envejecer y descubrir que todavía necesitamos su ayuda cuando imaginábamos estar cuidándolos nosotros a ellos.
Y nos preguntaremos con una mezcla de culpa y frustración, qué ocurrió con aquella trayectoria ascendente que parecía tan evidente. ¿Qué ocurrió con las 10 escaleras que dibujé con mi papa?
La movilidad social no es únicamente un fenómeno económico. También constituye una expectativa afectiva: es la manera que tenemos de imaginar el futuro de toda nuestra familia, y cuando esta expectativa se rompe también corremos el riesgo de que como generacion tambien pueda perderse una forma de comprender el sentido del esfuerzo
VI La sociedad del rendimiento y el arte de sentirse insuficiente
Ya hablamos en esta página sobre el filosofo Byung-Chul Han y su critica sobre los mecanismos de exigencia en las sociedades contemporaneas.
Cómo nuestros proyectos personales (como individuo) ya son incapaces de traducirse en propiedades o bienes inmuebles, el sujeto ahora debe concebirse a sí mismo como un proyecto permanente de optimización.
Hay que optimizar el sueño, la alimentación, el ejercicio, la productividad y, si es posible, hasta la microbiota intestinal. Y todo eso debe constituir nuestra marca personal
Y entonces aparecen las redes sociales, vemos a un escaparate de personas que aparentemente tienen tiempo para ir al gimnasio a las cinco de la mañana, preparar desayunos nutricionalmente perfectos, trabajar ocho horas, aprender tres idiomas y terminar el día escribiendo reflexiones sobre la importancia de vivir el presente sacadas de chatgpt.
¡Por favor! A veces me pregunto si realmente estamos interesados en vivir mejor o si simplemente estamos desesperados por demostrar que nuestras vidas tienen algún valor con este tipo de dinámicas de la internet. En mi caso yo se la respuesta a esa pregunta.
Quizá por eso nos obsesionamos tanto con nuestros cuerpos. El cuerpo se ha convertido en uno de los pocos territorios donde todavía parece posible observar una relación relativamente directa entre esfuerzo y resultado. Uno entrena y desarrolla músculo y puede publicar una fotografía que recibe una cantidad cuantificable de aprobación… es una forma de progreso visible.
Y en una sociedad donde comprar una casa, alcanzar estabilidad laboral o construir un patrimonio resulta cada vez más difícil para muchos jóvenes, esa visibilidad es muy seductora. Como si la siguiente habilidad por desarrollar, el siguiente viaje o el siguiente cambio físico fuera finalmente a producir esa sensación de plenitud que llevamos años esperando.
El verdadero problema del queso
Volvamos a Spencer Johnson.
En ¿Quién se ha llevado mi queso?, la desaparición del queso obliga a los personajes a reconocer que el mundo ha cambiado. La solución consiste en abandonar las expectativas anteriores y buscar nuevas oportunidades.
Durante mucho tiempo pensé que esa era exactamente la lección que debía aprender. Si no podía estudiar Medicina, debía encontrar otra carrera. Y al no poder continuar en la UCR, debía trasladarme a otra universidad. Si no podía salir y construir un negocio que requería suficiente estabilidad física, debía buscar actividades compatibles con mi enfermedad.
Si no podía construir la vida que había imaginado, debía aprender a desear otra. Adaptarse, reinventarse, ser resiliente, busca el queso ¡Búscalo! Todas esas palabras maravillosas que utilizamos cuando queremos describir elegantemente la necesidad de resignarnos a circunstancias que no podemos controlar.
Para mi esa es una narrativa de mierda: La adaptación puede ser una capacidad psicológica valiosa. Sin embargo, cuando se convierte en una obligación moral permanente, corre el riesgo de ocultar las condiciones que hacen necesaria esa adaptación. ¡JA TOMAAAA eso me salió mejor de lo que yo esperaba.. Abi no será médica pero sí se saca unas conclusiones que te cagas!
En fin, no todas las personas enfrentan el mismo laberinto. Algunas tienen recursos económicos, salud, contactos, estabilidad familiar y oportunidades institucionales que facilitan enormemente sus trayectorias.
Otras deben invertir una cantidad desproporcionada de energía solo para mantenerse en funcionamiento. Y otras como Gerardo y Orlando que… el karma les llegará eh.. jaja
Cómo sea, aun así tendemos a evaluar a todos los ratones utilizando criterios similares: ¿Quién consiguió el mejor empleo? ¿Quién terminó primero la universidad? ¿Quién tiene pareja? ¿Quién compró una casa? ¿Quién viaja más? ¿Quién tiene un cuerpo más atractivo? ¿Quién ha aprovechado mejor su juventud? ¿Quién ha tomado más riesgos en su vida? ¿Quien tiene un negocio de drogas exitoso?.. eh..
La ideología meritocrática nos obliga a ver los resultados como reflejos de nuestras capacidades individuales.Y aunque el esfuerzo y las decisiones personales efectivamente importan, no explican por sí solos la distribución de oportunidades:
La salud importa, la clase social importa, las relaciones familiares importan, las redes de apoyo importan, la suerte importa.
Y me duele reconocerlo, porque durante muchos años construí mi identidad alrededor de la idea contraria y se que muchos de ustedes también. Íbamos a conseguirlo todo porque estábamos dispuestos a hacer lo que fuera para lograrlo, sin importar nada ni nadie, íbamos a convertirnos en personas tan competentes que nadie tendría razones para rechazarnos.
En retrospectiva, esa fantasía es algo triste: las personas de mi edad no solo quieren tener éxito, que queremos volver imposibles de despreciar; así, nuestros logros funcionarían como una garantía de pertenencia. Y quizá por eso me duele tanto observar a Gerardo y Orlando desenvolverse con una libertad que yo no siento tener. Ellos parecen poder equivocarse sin perder su lugar en el mundo… malditos.. Espero que se quiebren una pata.
Bueno, pero ya.. va en serio, no envidio únicamente sus oportunidades. Envidio la tranquilidad de no tener que demostrar, a cada momento, que merecen recibirlas.
Y entonces comprendo que mi queso nunca fue simplemente una carrera universitaria, un trabajo o una casa. Mi queso era la promesa de que algún día podría dejar de esforzarme desesperadamente por merecer una vida.
¿Y si nadie se robó el queso?
Hay una posibilidad todavía más esquizofrénica.. eh. Quizá nadie se llevó mi queso.
Quizá el queso que imaginaba nunca estuvo allí. Quizá construí buena parte de mis expectativas a partir de una combinación de películas estadounidenses, discursos meritocráticos, fantasías adolescentes y una comprensión extraordinariamente ingenua de cómo funciona el mundo.
Quizá confundí las posibilidades con las promesas y quizá el capitalismo contemporáneo ha perfeccionado esa confusión con el pasar de los años. Y claro, nos presenta una cantidad aparentemente infinita de vidas posibles: podemos observar cómo viven los ricos, los famosos, los académicos, los viajeros, los atletas, los emprendedores y las personas que parecen haber encontrado el amor de su vida a los diecinueve años.
Todas esas experiencias aparecen frente a nosotros como posibilidades disponibles. Nunca habíamos tenido tantos modelos de éxito con los cuales compararnos. Y quizá nunca había resultado tan sencillo sentir que estamos desperdiciando nuestra existencia.
VI El modelo capitalista también nos vende versiones de nosotros mismos.
La persona que podríamos ser si compráramos el curso adecuado, desarrolláramos la disciplina suficiente, adoptáramos los hábitos correctos o aprendiéramos a administrar mejor nuestro tiempo y si nuestra mentalidad fuera totalmente negacionista de la estructura social y totalmente positivista.Siempre existe una versión mejorada de nuestra identidad esperando al otro lado de alguna inversión.
Yo estoy cansada de buscar queso, y eso que mi vida es el sueño de muchísimas personas sin hogar, yo estoy cansada de que cada dificultad deba transformarse en una oportunidad de crecimiento. El sufrimiento no siempre tiene que justificar su existencia produciendo alguna virtud, mi dolor no me genera ninguna.. de hecho me hace ser impaciente y gruñona y quejosa.
Salir del laberinto: ¿y si ya no quiero el queso?
Después de escribir todo esto, me encuentro frente a otro problema (además de temer que nadie quiera leer esto debido a la carga negativa que tiene todo el texto): he dedicado miles de palabras a explicar por qué estoy enojada con mi vida, con mi enfermedad y con el capitalismo, pero todavía no he respondido una pregunta fundamental.
¿Qué se supone que haga ahora?
Porque, por mucho que disfrute responsabilizar al capitalismo de mis desgracias, mañana voy a despertarme en el mismo cuerpo, con las mismas limitaciones, estudiando en la misma universidad y enfrentándome a las mismas dificultades.
Ninguna crítica filosófica va a devolverme la vida que no tuve
Comprender las estructuras que condicionan nuestra existencia no significa que podamos escapar de ellas. Pero quizá sí nos permite dejar de interpretar sus consecuencias como defectos personales. Y eso, aunque parezca poca cosa, representa una diferencia importante.
No tengo por qué continuar obedeciendo un proyecto de vida diseñado por una niña que estaba desesperada por ser querida. Eso no significa renunciar a mis ambiciones.
Todavía quiero aprender idiomas. Quiero escribir, investigar, viajar, desarrollar una carrera profesional y alcanzar suficiente independencia para ayudar a mis padres.
Quiero muchas cosas.
Pero quizá debo dejar de interpretar cada deseo incumplido como una prueba de que mi vida está fracasando, y si te sientes identificado con algo que he dicho en estas 5644 palabras, tal vez ya es tiempo de que tu tomes la misma desición, abraza a tus padres y diles lo mucho que sientes no ser un apoyo, pues apenas si estas sobreviviendo tu, abrazate a tí mismo, y entiende que no es culpa tuya que con cada paso que des, el queso se corra tres lugares al frente, abandona el laberinto por un rato.. ya luego vuelves y sigues tras tu recompensa.
