La democracia del reel: ¿por qué nos aturde hablar de política?
Sobre la indignación algorítmica, el analfabetismo político y esa extraña costumbre costarricense del querer desconectarse por su “paz” mental.
Hace unos días, me volvió a atrapar un bucle de TikTok de videos protagonizados por jóvenes de mi edad, y alguno que otro mayor. Utilizaban esos característicos tonos sarcásticos que podría decirse son la copia de la copia de la copia del discurso político y humorístico de Hernán Jiménez — como sea, no estamos aquí para discutir eso—. A pesar de la verdad y la importancia de su discurso, yo misma — una contemporánea más— me sentí aturdida y molesta con el tono performativo y grosero de personas con las que comparto los mismos ideales, señalamos y nos indignamos por el mismo problema, y tenemos toda la intención de querer cambiar a nuestra Costa Rica.
¿Qué estaba pasando entonces? Si estos influencers eran personas interesadas en el bienestar del país y en los derechos humanos —además de ser figuras reconocidas y, a menudo, atacadas a nivel nacional—, ¿por qué me sentía tan disgustada, confundida y con una profunda fatiga mental? La razón era el bombardeo constante de burlas hacia quienes apoyaban al oficialismo y un tipo de “humor” que a mí no me hacía sonreír. Sin embargo, había algo más importante que compartir: no las formas de comunicar una idea, que no carecía de verdad, pero sí de asertividad, y esto era que no tengo la menor idea de lo que está pasando en mi país.
Bueno, eso es una exageración. Sé algunas cosas. Reconozco ideales políticos con los que estoy de acuerdo y otros que rechazo profundamente. Tengo mis opiniones claras en cuanto a los derechos humanos, instituciones públicas, desigualdad y política internacional, y me queda aún más claro cuando identifico discursos peligrosos y decisiones del oficialismo altamente cuestionables.
Pero lo que no puedo hacer es explicar, con la claridad que quisiera, cómo llegamos hasta aquí, y cómo dejamos que esto pasara. No entiendo las noticias, ni el funcionamiento del sistema político costarricense. Desconozco buena parte de las decisiones legislativas y económicas que han hecho posible nuestra realidad durante la última década.
Sé qué videos me indignan y sé cuáles me generan empatía, y ese es el problema. Aprendí a reaccionar “políticamente” en vez de comprender la política.
Vivimos obsesionados y rodeados de los supuestos datos, datos sin contexto y porcentajes sin entender la metodología— un ejemplo de esto sería cuando Rodrigo Chávez afirmó que la tasa de desempleo había bajado cuando en realidad había un mayor porcentaje de personas que habían abandonado la búsqueda de trabajo—. Reaccionamos con la mirada a declaraciones y fragmentos de conferencia de prensa recortados, acompañados por subtítulos gigantescos y, por qué no, con alguna canción del álbum dtmf de Bad Bunny.
Nada es casualidad, ya he hablado en anteriores escritos sobre que todo está perfectamente adaptado a nuestra capacidad de atención, que parece estar negociando su supervivencia con un teléfono celular.
El Digital News Report, en el año 2025, encontró que el consumo semanal de noticias mediante videos de redes sociales era la fuente principal de información de personas entre los 18 y 25 años. Y aunque esto no puede traducirse automáticamente en cifras de lo que sucede en Costa Rica, seamos honestos, ¿cuándo fue la última vez que miramos el periódico, o una noticia de más de 1 minuto, o hablamos con alguien que pudiese orientarnos y explicarnos lo que está sucediendo en nuestro país? Vemos y escuchamos a personas que citan fuentes, pero no vemos las fuentes (que conste, hay creadores de contenido como Paula Monge que tienen mi confianza plena aunque no puedo compartir su estilo de comunicación). La información periodística compite con la economía de la atención en la que la personalidad del comunicador puede ser tan importante como la noticia.
Aunque algunos influencers realizan trabajos extraordinarios traduciendo asuntos complejos a un lenguaje accesible, demasiada de esa verdad e información es traslapada, interceptada y arrojada de nuestro cerebro por esta clase de morbo despectivo hacia personas fuera de las élites académicas y sociales. Lo que quiero decir pues, es que la mayoria de estos comunicadores y su grupo social, son graduados de universidades públicas; ellos son la nata de nata, y aunque eso suene triste por muchas razones, la más grande es el hecho de que su educación política y socioeconómica es hasta 6 veces mayor que la de todos los demás que somos graduados de una universidad privada; sin embargo, de este tema hablaré más adelante.
Es inquietante que nuestra comprensión política dependa de que una persona tenga el tiempo y las ganas para grabar un video, y de que una plataforma decida mostrárnoslo.
¿Qué sucede cuando ese contenido deja de circular? ¿Cuándo una voz crítica recibe ataques y persecución o cuando sus publicaciones pierden visibilidad? ¿Cómo distinguimos una disminución algorítmica del alcance de una campaña deliberada de silenciamiento?
Pero sobre todo, ¿por qué como pueblo costarricense estamos depositando en creadores individuales una responsabilidad educativa que debería estar distribuida entre escuelas, universidades PRIVADAS, medios de comunicación e instituciones públicas?
Tiktok, es, mi fuente principal de educación política.. yo sé que no soy del todo una idiota, pero les puedo jurar, que yo no entiendo nada de lo que está pasando en Costa Rica, además del cierre masivo de las ONG (las cuales iban a ser mi fuente de empleo) sigo sin entender porqué pasó esto.
La psicología del enojo
La psicología social lleva décadas estudiando cómo las emociones, las identidades grupales y los sesgos cognitivos intervienen —por no decir que definen— nuestros juicios.
Uno de estos fenómenos es el razonamiento motivado: Ziva Junda, lo describe como la tendencia a procesar información de maneras que protejan nuestras creencias o conclusiones preferidas. Esto no quiere decir que seamos incapaces de razonar, pero esta actividad dependerá casi siempre de nuestros afectos. Y cuando la información política llega empacada en videos que buscan provocar indignación inmediata, entendemos que, podemos sentir una emoción legítima frente a una injusticia real y, aun así, no haber comprendido sus causas, responsables y mucho menos cómo podemos solucionarlo.
Asimismo, podemos rechazar automáticamente una noticia correcta porque proviene de alguien con quien no simpatizamos, por lo que, en ambos casos, convertimos nuestros afectos en un sustituto del análisis.
También nos enfrentamos a la polarización afectiva: que ocurre cuando las diferencias políticas dejan las propuestas y principios y empiezan a organizarse en sentimientos de rechazo hacia quienes pertenecen al grupo contrincante. De hecho, esto es, en la mayoría de los casos, lo que ocurre en las familias costarricenses. Siendo que la persona que piensa diferente a mí, deja de ser un igual y alguien con quien discutir y pasa a convertirse en alguien a quien despreciar, rechazar e ignorar.
Una cosa es discutir las consecuencias de una política fiscal, por ejemplo, o de una reforma judicial o de una alianza internacional, y otra es reducir cualquier desacuerdo a la supuesta estupidez, inmoralidad o inferioridad intelectual del adversario. Y de esto no solo son culpables los jaguares o personas que se hacen llamar conservadores, esto también le ocurre a aquellos influencers que, representando su indignación entre el performance y el sarcasmo, tratan a todo aquel que esté en desacuerdo como un ignorante o estúpido.
Spoiler: sí, somos ignorantes y estúpidos, pero les juro que no es nuestra culpa.
Nos gusta pensar que estamos participando de un debate político cuando en la mayoría de los casos apenas intercambiamos como sociedad señales de pertenencia hacia el grupo en el que intentamos pertenecer. Las personas, desde hace demasiado tiempo, dejamos de defender un argumento para pasar a defender a un grupo.
Costa Rica es un país pura vida, pero no es un país educado.
En la escuela, nos enseñan que Costa Rica es un país único, sin ejército, con instituciones públicas que hacen posible dicha educación y que también resguardan nuestra salud. Nos aferramos a la idea de que el sistema educativo universitario de Costa Rica (el de las instituciones públicas, claro está) es de los mejores en latinoamerica.
Pero conocer los símbolos de su país no implica conocer a su país, y conocer los símbolos de nuestra democracia no implica comprender su funcionamiento.
¿Cuántas personas pueden explicar con claridad cómo se aprueba el presupuesto nacional? ¿Qué diferencia existe entre un decreto ejecutivo y una ley? ¿Cómo se eligen los magistrados? ¿Qué facultades tiene realmente un presidente en nuestro país y qué puede hacer la Asamblea Legislativa para fiscalizar al poder Ejecutivo? Además.. ¿Que rayos implica eso y para sirve la asamblea y para que sirve el poder ejecutivo?
Y una pregunta más: ¿Cuántas personas pueden relacionar esas respuestas con su salario, su beca, su acceso a medicamentos o a la educación de sus hijos?
No estoy tratando de hundir en la basura al Ministerio de Educación Pública; entiendo que existen programas de Educación Cívica y contenidos relacionados con la organización del Estado, pero sus contenidos en la vida práctica no sirven.
La brecha de conocimiento
Es necesario conocer las siglas PLN, PUSC, PAC, FA, etc. con sus trayectorias, propuestas, contradicciones, decisiones en los últimos 10 años. ¿Qué pasó en la última década para terminar donde estamos? No existe, fuera de las instituciones públicas universitarias , una comprensión ni conocimiento sobre la política.
Lo que nos deja totalmente en desventaja al resto de los habitantes. La desigualdad frente a estas élites académicas y sociales (TEC, UCR, UNA, UNED) es abrumadora.
Las universidades públicas producen investigaciones, encuestas y espacios de discusión que ayudan a interpretar la realidad nacional; tienen hasta un periódico (intenté con todas mis fuerzas hacer un periódico en la UH y a ellos no les interesa nada que no sea cobrar por cosas que no dan). El conocimiento producido por estas instituciones no consigue llegar de manera comprensible a quienes no forman parte de sus comunidades académicas. Y les diré algo, entiendo si alguno piensa: — ¿No tienen ojos para leer y computadoras para investigar? —. Escuchen, la mayoría de las personas que van a una universidad privada deben trabajar el 60% de su tiempo para sacar adelante sus carreras, están atrapadas en la escalera hedónica de la felicidad, y se los juro, no hay una comprensión de lo que se lee.
En fin, tenemos una universidad que investiga la democracia y una población que, la mayoría del tiempo, recibe sus debates y argumentos convertidos en clips de treinta segundos. Existe una distancia desagradable entre el elitismo académico (instituciones públicas) y el resto de los mortales.
Estuve apenas dos años y medio en las aulas de la UCR, y pude darme cuenta de que después de ingresar a este tipo de instituciones, las personas parecían rápidamente desarrollar la habilidad de confundir su formación académica con una superioridad moral e intelectual. Personas que observan con desprecio a quienes no tuvieron las mismas oportunidades y que ante cualquier comentario políticamente ingenuo y estúpido, responden con sarcasmo, performance y tosquedad. El desprecio no educa, y si usted, estimado egresado de su alma mater de girasol, tuvo acceso a esos espacios de formación crítica, profesores especializados, investigaciones y discusiones que otras personas nunca conocieron, quizá debería preguntarse si esa diferencia responde exclusivamente a que.. usted muy.. ¿como se dice? “grounded” o si responde a sus privilegios.
Esto va para los dueños de las universidades privadas y el CONESSUP: la educación política no puede seguir funcionando como un privilegio de pertenencia universitaria pública. Una democracia necesita personas capaces de comprender qué rayos pasa en su Lebenswelt.
Las universidades privadas y la formación de profesionales despolitizados.
En mi experiencia con la Universidad Hispanoamericana, he percibido restricciones y resistencias a las discusiones políticas en el espacio académico. No pretendo afirmar, sin un documento institucional que lo demuestre, que existe una prohibición general de hablar de política en todas sus aulas, pero sí cuestiono su cultura educativa en la que discutir asuntos públicos puede ser visto como una distracción respecto a los contenidos teóricos y técnicos del programa del curso.
Porque, ¿cómo se supone que estudiemos el comportamiento humano sin estudiar las condiciones políticas, económicas y culturales en las que ese comportamiento se produce?
Tampoco estoy diciendo que una clase se va a convertir en propaganda partidaria, porque eso sería igualmente problemático, pero sí que nos enseñan la neutralidad obsesiva frente a todo, lo que resulta en la descontextualización de la injusticia social del sujeto que atendemos en consulta. Otra de mis frustraciones es la hegemonía que percibo de la terapia cognitivo-conductual en todos los espacios de formación.
Antes de que alguien me arroje el DSM-5 por la cabeza, aclaró algo: la terapia cognitivo-conductual sí cuenta con evidencia científica para múltiples problemas psicológicos, pero la mayoría de sus modalidades ignoran el contexto social de la persona. Mi crítica no es que exista ni que se enseñe, pero sí se presenta de manera excesivamente individualizada y ofrece una lectura del sufrimiento centrada exclusivamente en los pensamientos, emociones y conductas de un solo individuo, mientras las condiciones materiales que atraviesan su vida quedan ignoradas. Creo que no debo explicar por qué esto tiene implicaciones políticas, ya que no todo malestar se resuelve modificando una creencia disfuncional, y, por supuesto, para el gobierno, para los poderes y los altos mandos, es mucho más sencillo que usted se haga cargo de su propio sufrimiento en vez de que ellos hagan algo para que, por ejemplo, el estrés vial disminuya.
La Costa Rica de los jaguares: continuidad política, instituciones y desconfianza
En mayo de 2026, Laura Fernández asumió la Presidencia de la República y nombró al expresidente Rodrigo Chaves ministro de la Presidencia y de Hacienda, concentrando en él responsabilidades importantes de coordinación política y económica. Y aquí es donde mi comprensión del sistema político se queda corto.
¿Hasta qué punto la continuidad de un liderazgo anterior puede condicionar la autonomía del nuevo Gobierno? ¿Qué mecanismos de fiscalización existen? ¿Qué responsabilidades recaen en la presidenta y cuáles en sus ministros? Y algo importante, ¿mis preguntas tienen sentido o soy víctima de la ceguera epistémica? (mi falta de información es tan grande que ni siquiera conozco las categorías básicas para armar una duda).
Estas son preguntas que deberíamos poder discutir sin que la conversación se convierta inmediatamente en una guerra de insultos.
Las cuatro formas de relacionarnos con la política
Cuando intento comprender la relación de la sociedad costarricense con el oficialismo, sus opositores y el debate público, encuentro cuatro posiciones que me ayudan a pensar el problema.
OJO: No son categorías científicas ni perfiles psicológicos validados. Son categorías construidas desde mi propia experiencia y frustración
1. Los agotados por sobrevivir
Aquí están las personas que trabajan jornadas extensas, pasan horas en transporte público, mantienen familias y deben administrar salarios que no siempre alcanzan. Estas personas, tan atareadas por la vida, no tienen tiempo para leer un informe de doscientas páginas sobre política fiscal. Y, francamente, ¿quién puede exigirles que lo hagan?
Si alguien llega a su casa después de trabajar diez horas, probablemente un video de sesenta segundos que explique quién tiene la culpa de sus problemas resulte mucho más accesible que un documento técnico del Ministerio de Hacienda.
El problema no es su supuesta sencillez intelectual. El problema es que la desigualdad también determina cuánto tiempo, energía y recursos tenemos para informarnos.
Pero también entiendo que sería injusto asumir que todas las personas trabajadoras son fácilmente manipulables o que su apoyo a un movimiento responde únicamente a la desinformación. También pueden existir experiencias de abandono institucional, preferencias económicas, convicciones ideológicas y evaluaciones legítimas de los gobiernos anteriores.
Si queremos comprender el comportamiento político, tenemos que abandonar la costumbre de reducir a quienes piensan diferente a una explicación psicológica conveniente tal como: este/ esta no sabe de lo que habla
2. Los que tienen intereses materiales en juego
Este grupo es mucho más obvio y fácil de explicar: las políticas tributarias, las regulaciones empresariales, los contratos públicos y las decisiones presupuestarias pueden beneficiar a determinados sectores y perjudicar a otros.
Esto no significa que toda persona con recursos económicos apoye al mismo partido, ni que todo empresario actúe por motivos egoístas.
3. Los desconectados por «salud mental»
Este es el perfil que más odio: es el profesional de clase media o media-alta que asegura no consumir noticias porque está demasiado ocupado «trabajando en sí mismo».
La persona que te explica que no se involucra en política porque necesita proteger su energía. Que “no quiere rodearse de negatividad”, “que prefiere enfocarse en sus metas”, “que si uno piensa en el fracaso, termina atrayéndolo”
Pero también entiendo que la psicología neoliberal convirtió el bienestar psicológico en una filosofía de indiferencia pública, así que… siempre hay algo o alguien más a quien culpar.
Sin embargo, existe una diferencia importante entre regular nuestra exposición informativa y convertir la desconexión permanente a lo que sucede en nuestro país en una virtud moral.
También comprendo que no todas estas personas evitan las noticias por indiferencia. Algunas lo hacen por agotamiento, ansiedad, desconfianza o porque sienten que no pueden cambiar lo que sucede, pero la política y la injusticia social no desaparecen de nuestras vidas solo porque decidamos ignorarlas.
4. Las víctimas de la ceguedad epistémica
Y finalmente estamos nosotros: Los universitarios privados de la comprensión del mundo, quienes quisiéramos ser parte de aquellos que cuestionan estructuras y son parte de las conversaciones intelectuales importantes, pero a quienes nos falta el conocimiento para hacer un cambio.
A pesar de que queremos ser críticos, no sabemos serlo, como la aporía inicial manifiesta: “solo sé que no sé nada”. No logramos formular preguntas ni tampoco tenemos ningún networking o red de apoyo intelectual que pueda traducirnos o contextualizarnos en el mundo de la política. Ya que la mayoría de las familias de nuestra especie tampoco saben nada. Y cuando intentamos producir conocimiento — si no estamos parafraseando ensayos o libros de autores reales o señalando fenómenos muy obvios — luchamos con todas nuestras fuerzas para no pedirle a ChatGPT que organice nuestras ideas, explique nuestros textos y hasta diseñe nuestras presentaciones.
Aturdidos, indignados y políticamente congelados
La eficacia política es un concepto psicológico que se le atribuye a Angus Campbell — entre otros— y en términos generales, se refiere a la percepción de que podemos comprender la política y participar de manera significativa en ella.
Podemos distinguir entre la eficacia política interna —sentirnos capaces de entender y participar— y la externa —percibir que las instituciones pueden escuchar o responder a la ciudadanía—.
Cuando ambas se debilitan, la participación puede sentirse inútil —como les pasa a mis queridos integrantes de la asociación estudiantil de psicología en la UH— .
¿Para qué investigar si nada cambia? ¿Para qué manifestarse si nadie escucha? ¿Para qué escribir una carta a una institución si probablemente no obtendremos respuesta?
Porque incluso cuando se logra identificar un problema, se desconocen los mecanismos reales para intervenir. Sé que puedo asistir a una marcha o escribirle por quinta vez al Colegio de Profesionales en Psicología. Sé que puedo expresar mi inconformidad en redes sociales.
Pero ¿qué más? ¿Qué puede hacer una estudiante de una universidad privada que no tiene contactos políticos, recursos económicos importantes ni una comunidad académica dedicada al activismo?
¿Qué puede hacer una don nadie de una universidad poco reconocida?
La respuesta no debería ser simplemente «infórmese mejor». Porque eso nos devuelve al problema inicial. Necesitamos comprender los mecanismos de rendición de cuentas por ejemplo (de lo cual no tengo ni idea), involucrarnos en organizaciones comunitarias, solicitar información pública, participar en espacios de consulta y exigir respuestas institucionales… Todo esto requiere de una alfabetización democrática y una competencia cívica.
¿Y ahora qué hacemos con toda esta porquería negativa?
No quiero terminar este texto fingiendo que encontré una solución.
Porque no la tengo. Sigo sin entender qué es lo que está mal, (aunque sé que a este país se la está llevando puta).
Pero quisiera que las universidades dejaran de tratar la formación política como un asunto ajeno al ejercicio profesional, y sobre todo, quisiera que dejáramos de tratar la ignorancia política como un defecto individual que merece humillación. No saber algo no nos convierte en idiotas. Pero tampoco debería convertirse en una identidad permanente de la que no intentamos salir.
La democracia, la bella democracia de este bello país, requiere mucho más que ciudadanos indignados y creadores de contenido. Yo quiero ser —y sé que muchos de ustedes también— una persona capaz de organizarse con su pueblo, incluso cuando los integrantes de este no compartan en lo absoluto mis convicciones o ideales. Recuerden, sin importar la doctrina, la religión, la ideología, el color o la clase social, siempre serán ellos (los verdaderos poderosos) contra nosotros.
