Paul Kinsnorth fue durante años una figura reconocida del movimiento ecologista británico. En contra de la Máquina, 2025, ha sido su última obra. Actualmente es ensayista y novelista, de antemano advierto que sus posiciones religiosas y geopolíticas pueden resultar conflictivas tanto para ciertos sectores progresistas como para los más conservadores. Conviene advertirlo desde el comienzo, ya que con esta reseña no pretendo convertir a Kinsnorth en una figura perfecta ni en el próximo profeta blanco. Deliberadamente, dejo al margen algunas de esas partes del libro que menos interesan, como sus disputas con la moralidad Woke o algunas de las interpretaciones que le da a las transformaciones culturales.
Para comprender bien la obra de Kingsnorth habría que detenerse en un libro anterior en el que gravita su argumento : In the Shadow of the Machine: The Prehistory of the Computer and the Evolution of Consciousness, escrito por el filósofo e historiador cultural Jeremy Naydler.
El autor propone que para comprender la aparición de la computadora nosotros tenemos que conocer la transformación de la conciencia humana que se remonta a los siglos o milenios atrás. Básicamente, el historiador explica por qué, a partir de la definición de Descartes sobre el cuerpo, según la cual este es aparte de la mente y la mente es aparte de las cosas, el presente ahora no sabe relacionarse con la tecnología sin convertirse en parte de esta.
La máquina no es un conjunto de aparatos; tampoco es el monstruo abstracto de Silicon Valley. La máquina es una forma determinada de relacionarnos con el mundo, una disposición hacia las cosas, hacia la naturaleza, los cuerpos, el conocimiento y finalmente hacia nosotros mismos. La propia presentación del libro de Kingsnorth describe el recorrido de esta mentalidad — desde los cercamientos en Gran Bretaña, la Revolución Industrial, hasta la inteligencia artificial— como una historia del orden tecnocapitalista y sus estrategias para remodelar al ser humano a su propia imagen. Incluyendo las ciencias como la psicología, la medicina, la psiquiatría y las ciencias educativas, las cuales actualmente apuntan a transformar al humano en algo totalmente dataficable.
Esto ocurre desde hace siglos y no aparece de la noche a la mañana. Elon Musk no despertó un día cualquiera y quiso hacer novias o parejas sexuales a partir de inteligencia artificial. Esta mentalidad no surge desde que Mark Zuckerberg hace de Facebook una necesidad para hacernos a nosotros mismos visibles en el mundo.
En este momento, usted leerá esto desde su computadora, ipad o teléfono celular, y en este día, 17 de julio del año 2026, yo escribo esto con la intención de exponerlo y hacerme a mí y a mi trabajo visibles mediante plataformas como mi página web o mis posts de Instagram. No considero, el autor plantee que el problema sea que fabriquemos herramientas; eso siempre lo han hecho los seres humanos. Sin embargo, la lógica mediante la cual utilizamos esas herramientas se convierte en la lógica universal y absolutista de cómo interpretamos todo aquello que es y que existe.
Kings North plantea que la naturaleza se transforma en recurso cuando el cuerpo se mira como un conjunto de partes susceptibles de intervención, por ejemplo: no importa si las megacompañías hacen una nueva actualización en las aplicaciones de compra de todo tipo, o si sacan por otra parte una nueva red social en la que hacerse viral o conectar con personas. Estas miran e intervienen en la atención de los seres humanos como una mercancía y el comportamiento como datos. Cualquier movimiento, por más inofensivo que se vea de parte de ellas, está destinado a separar al hombre de su humanidad. Kingsnorth mira esto como una simbiosis entre lo que los usuarios — usted y yo— entendemos e identificamos como humanos, aquello que poco a poco vamos olvidando sobre los humanos, y aquello que ya no queremos en los humanos. Por ejemplo: para las compañías y la psicología cuando intentan comprender la inteligencia, ésta es solamente la capacidad de procesamiento y la mente es algo que comenzamos a imaginar bajo una metáfora.
La tecnología contemporánea ha conseguido resolver problemas que son muy importantes, pero la comunicación instantánea a escala planetaria y el acceso a cantidades inimaginables de información no son lo que realmente ha salvado a la humanidad. Las herramientas médicas y científicas de hace unas décadas hubieran resultado inimaginables o inconcebibles. Y por supuesto en vez de maravillarnos cada día con ese hecho, actualmente tenemos la necesidad impostergable de comprobar a las 2 de la mañana a qué hora estuvo en línea por última vez la pareja de la que sospechamos que nos está engañando.
Entonces, Kingsnorth responde a toda la tesis de Naydler —sobre una infraestructura tecnológica de una complejidad histórica— que actualmente está incrustada en las zonas más ansiosas y personales de nuestra vida afectiva. ¿Cómo un sistema de satélites y cables submarinos, centros de datos e interfaces pueden terminar participando en algo tan elementalmente humano como los celos?
Kingsnorth no defiende de manera ingenua un pasado sin máquinas como lo supuse yo al principio, porque el problema no viene desde los objetos, los objetos solo serían cosas sin el fetichismo material o sin las narrativas que construimos alrededor de estas. Un ejemplo muy importante es que cuando las compañías de marketing te pretenden vender ropa, la marca de la ropa no te vende solo una camisa, te vende el famoso “estilo de vida”; te vende el verte como esa persona interesante y poco accesible que todos quisieran ser. O ese empresario que tiene su mierda junta, o esa chica citadina que está demasiado enfocada en mentener su Feng shui para detenerse a analizar el desorden del mundo “exterior”.
Kingsnorth señala que esa clase de relación que hemos aprendido a establecer con las cosas, desde nuestro teléfono celular hasta la ropa cyberpunk, desde los aretes que llevas en tus orejas hasta esa nueva actualización que obtuviste en tu configuración de Grammarly, recae en una mentalidad que pretende comprender la naturaleza desintegrándola en elementos administrados, fragmentados y optimizados.
El autor describe los inicios de la máquina desde la Ilustración y, por supuesto, cuando el filósofo René Descartes vino a dar “su gran aporte a la humanidad”. Los críticos y “académicos” comienzan a despojar a la naturaleza de su misterio, profundidad y carácter sagrado para concentrarse en seres “racionales”. La realidad empieza a verse como un mecanismo que la mente humana puede dominar y rehacer a su imagen y semejanza. Kingsnorth comenta que incluso Elon Musk y los CEOs de Silicon Valley —o todas aquellas personas en el mundo de la inteligencia artificial —utilizan lenguaje muy teológico y pretenden convertir todo en materia prima para satisfacer los deseos de los individuos, poniéndose así mismos en la posición de salvadores, todopoderosos o genios mágicos — porque claro, estos multimillonarios solo quieren hacernos a usted y a mí felices—.
La revolución industrial y los cercamientos de la Gran Bretaña XVIII
Es interesante que el filósofo Byung-Chul Han hable sobre el hecho de que en esta era las guerras políticas se ganan en la psique; Kingsnorth plantea que, de hecho, la máquina no hubiese podido existir si la mentalidad de esta no se hubiera ensayado y posteriormente materializado por primera vez en las islas británicas, cuando los cercamientos destruyeron la vida comunitaria y la autosuficiencia de los campesinos, y comenzamos a ver al otro como un ser que podía racionalizarnos como amenaza. Posteriormente, con la llegada del sistema de fábricas y la mecanización de los textiles, el autor ejemplifica la materialización del “proyecto máquina” con los tejedores tradicionales, quienes fueron despojados de sus herramientas y forzados a migrar a las ciudades para vender su mano de obra. Perdiendo la cultura local familiar y espiritual de los tejidos.
La era digital, la IA en el foco de la deshumanización.
Kingsnorth explica que la sociedad ha caído en la trampa, y con nuestra “comunidad” han desaparecido los pilares de la condición humana. Las cuatro P’s:
It strives, at its best, for equality and brotherhood, rather than prejudice and conflict. The problem emerges when the ideals are divorced from the reality of what humans are, and what the world is made of. Liberatory ambition, in the abstract, can never be sated. Like a dictator marching on Moscow, the Machine doesn’t know when to stop, and now we can see where this project of globalised liberation is leading us: into the world of the nihil, into the empire of technique. As a result, human culture is in the process of being consumed by the Machine. Something organic is being superseded by something planned;
something natural by something technological. This is the anticulture of the Machine, and it supersedes and replaces the values on which older societies the world over are based. At the risk of gross generalisation, I think we can boil those older values down into a simple formula. I call it the Four Ps: Past. Where a culture comes from, its history and ancestry. People. Who a culture is. A sense of being ‘a people’. Place. Where a culture is. Nature in its local and particular manifestation. Prayer. Where a culture is going. Its religious tradition, which relates it to God or the gods. (Kingsnorth, 2025, p. 130-131)
Los humanos hemos reemplazado, sin darnos cuenta, nuestro pasado, nuestra gente, nuestro lugar y nuestras oraciones crucialmente por la optimización de la experiencia:
Here is the fourth S—the screen—in action. Crucially, the technologisation of sex and sexuality, which involves everything from online hookups to birth control pills to IVF to mastectomies for teenagers ‘born in the wrong body’, is a huge shift in our relationship with human nature, and with nature in general. Sex, science, the screen and the self are now merging, as we head towards the construction of an entirely new kind of human being: the ultimate endpoint of our new faith. The god of the self and his faithful servant, technology, can increasingly give us exactly what we want at any given moment,whether it be a body that matches our chosen ‘gender identity’, technology that will offer us ‘limitless free energy’, or a smorgasbord of ‘spiritual’ options to boost our relentless sense of self-worth. Salvation is approaching: and this time, we are in control. Perhaps we can begin now to discern some of the core characteristics of the emerging religion of the Machine. It is a faith which idolises the self, seeing ‘self-actualisation’ as a right; it takes Aleister Crowley’s dictum ‘do what thou wilt’ as a daily mantra; it sees all religions as ‘paths up the same mountain’ and is happy to mix and match them where desired. It sees God the Father as an oppressor and Lucifer as a potential liberator, and any salvation it seeks is very much of this world, usually in the form of technological progress, ideology or politics. All hierarchy, dogma and tradition are rejected, replaced by self-worship and self-creation. Everything is relative—who’s to say what’s right or wrong, after all?—and the ultimate aim of the entire exercise is self-creation through technology. The Age of Aquarius slides smoothly into the age of transhumanism as we seek, openly now, to become the gods we always wanted to be, using technology as the force which will get us there. (Kingsnorth, 2025, p.241-242).
El cuerpo, la identidad y el deseo no son ahora medios que el humano utiliza para hacer referencia a su “yo”. — Aunque en este párrafo también se refleja su orientación religiosa al mencionar la enumeración de anticoncepción, la reproducción asistida y la transición de género, nos centraremos en el argumento filosófico central. — Como sociedad, tenemos una dificultad progresiva de aceptar cualquier limite— biológico, corporal, religioso o tradicional— que no haya sido elegido por nosotros mismos.
Para Kingsnorth, el progreso tecnológico ocupa el lugar de la “salvación” y la “autorealización” del momento, sustituye el trascender como historia de la humanidad; se interpreta que Kingsnorth critica que el sujeto se conciba como alguien que tiene derecho a descubrirse en un mundo que puede hacer a su imagen y semejanza.
Un comentario desde la psicopatología
Anteriormente se ha comentado que la relación actual que tenemos con la tecnología es profundamente afectiva; y el debate entre los psicólogos y los antropólogos permanece atrapado precisamente en la lógica de la máquina: a los psicólogos les interesa estudiar funciones cognitivas basadas en la velocidad, el rendimiento, el cálculo y la comparación entre variables x y y. Pero Kingsnorth plantea que antes de esto pudiera identificarse, los creadores de esta mentalidad trabajan en nuestra afectividad con los objetos para posteriormente controlar dicha afectividad.
En mis clases de Psicopatología II, aprendí que las dimensiones afectivas pueden alterarse tanto a nivel cuantitativo como cualitativo. Si cometiéramos la imprudencia de aplicar de manera literal algunas categorías de la psicopatología clásica al sujeto contemporáneo, probablemente terminaríamos diagnosticándonos a todos. La hipotonía, atimia, apatía, ambivalencia, labilidad afectiva o incongruencia ideoafectiva son categorías construidas para el examen clínico de algún individuo en concreto. Pero utilizar estas categorías como ejercicio analítico y no como un diagnóstico permite observar, por ejemplo, que vivimos en un mundo que es capaz de convertir medicamentos como Ozempic en objetos de deseo para adelgazar cuando, simultáneamente, millones de personas padecen hambre por la escasez de recursos. No pretendo establecer un análisis simplista entre ambos fenómenos cuyas causas son históricamente muy distintas, pero sí se puede identificar una extraña arquitectura afectiva que existe dentro del mismo marco. Mientras una parte del mundo invierte enormes cantidades de dinero y angustia en conseguir comer menos, otros luchan cada día de su vida por conseguir qué comer.
La afectividad posee una estructura, las personas no simplemente “sienten mucho” o “poco”. Los afectos poseen intensidad, congruencia, dirección, duración y, algo importante, objeto. Sentimos algo hacia algo: hambre hacia la comida, pero esto tiene diferentes narrativas en este ejemplo: una es la “heroin chic” y otra la “supervivencia”
Los objetos y nuestros afectos hacia éstos comienza a deformarse, la afectividad desorganizada en este sentido es el mecanismo que las élites utilizarian para que logremos parecener indiferentes hacia cosas que deberian escandalizarnos, y reactivos hacia cosas superfluas. La afectividad organiza en este sentido aquello que merece nuestra preocupación, nuestro deseo y nuestra atención.
Por eso, En contra de la Máquina debería provocar a quienes estudiamos psicología la siguiente pregunta : ¿Hacia qué objetos estamos aprendiendo a dirigir nuestros afectos?
Jugando a ser omnipotentes y omnipresentes
El autor, plantea lo extraño y poco natural en el hecho de que las personas podamos transgredir los límites físicos y temporales al entablar contacto unos con otros. Un teléfono ocupa una posición afectiva trágicamente extraña en la mente de los individuos. Todos sabemos que el teléfono es solo un objeto, y que no es una tragedia si este se cae a un río y su batería muere “ahogada”. Sin embargo, psíquicamente el teléfono no se experimenta como se experimenta una cuchara o un botón. Éste contiene fotografías con gente que ha muerto, conversaciones con nuestros amantes, la voz de nuestros seres queridos, los recordatorios crónicos de las fechas de entrega, todo lo que la mente humana una vez debió funcionar para…el teléfono ahora lo ha remplazado. La música con la cual regulamos nuestro ánimo y las calorías con las cuales controlamos nuestro peso.
No tenemos sentido de la localización, ni sentido de la imaginación, ni sentido de la paciencia. Somos ansiosos y nos sentimos crónicamente vigilados y juzgados.. pero nada es peor que no tener fotografias bonitas para poner una diferente en cada perfil: en el de facebook, instagram, una en el gmail, otra en la de whatssap, y ni se diga si uno tiene un presunto blog o pagina web. Necesitamos destacar, aunque estas fotografías no existan y sean un invento de la inteligencia artificial.. Usted y yo necesitamos ser visibles.
Decir que uno “utiliza” el celular, es sencillamente insuficiente, cuando una parte extraordinaria de nuestra vida psíquica y afectiva se encuentra en este objeto.
Al leer a Kingsnorth, uno terminará pensando que quiere volver a la era de piedra — repito, algunas secciones de su libro son bastante cuestionables— , pero él hace una distinción entre que un objeto puede ser una extensión de nuestras capacidades (como los telescopios y binoculares lo son para el ojo) y ser una sustitución de nuestra relación con el mundo (como lo son ahora las parejas románticas de inteligencia artificial). La tecnología dejó hace demasiado tiempo de ser un medio, es una realidad.
Todos estamos conectados a un mediador afectivo de la realidad.
Las cuatro P’s como estructuras afectivas.
Past, people, placer y prayer son objetos de vinculación que van más allá del yo inmediato: — Past — estoy vinculado con personas que existieron antes que yo, — people— pertenezco a otros y otros pertenecen conmigo a una historia compartida, — place— mi existencia ocurre en un territorio concreto que no es intercambiable con otro , — prayer— existe algo cuyo valor me trasciende y frente a lo cual no soy soberano. Las cuatro imponen límites al narcisismo del presente pues yo no inventé mi pasado, no fabriqué la tierra sobre la que nací y no elegí los vínculos que me hacen como persona. Nos limita la creencia internalizada de que todo puede ser elegido, modificado, personalizado, reemplazado, optimizado.
Al tener un afecto desorganizado con las cosas, aprendimos a hacer lo mismo con las personas.
¿Por qué tolerar lo imperfecto cuando vivo en un ecosistema digital que puede actualizarse, personalizarse sin negociar con la alteridad y que responde a mis deseos y preferencias?
Vivimos, pensamos y nos relacionamos en la máquina, escribimos dentro de ella, hacemos lenguaje con sus algoritmos, vivimos lo que alguna vez estuvo en la ficción.
El terreno tranquilizador de la ficción
Existe además una extraña costumbre contemporánea de dejar pasar determinadas advertencias al terreno tranquilizador de la ficción. Si algo aparece en una novela distópica, asumimos que pertenece precisamente a eso: a una exageración imaginaria de aquello que podría ocurrir.
Margaret Atwood, la creadora de El cuento de la criada, habla de diferentes formas de sometimiento que no fueron inventadas para narrar la historia de sus personajes. Estas poseen antecedentes históricos, y aunque se toma la licencia narrativa de modificar ciertos aspectos para que haya congruencia con la trama, Atwood resulta relevante frente a una sociedad que tradicionalmente ha sido narrada a través de la tecnología y —muy importante— voces masculinas.
Podríamos decir lo mismo de Mary Shelley, ya que Frankenstein no es la historia de un “monstruo”. Es un discurso ético sobre la relación de creación, técnica, poder y responsabilidad. El doctor Frankenstein tuvo la habilidad de producir una creación que posteriormente no tuvo la ética ni los afectos necesarios para responder por aquello que había creado.
¿Que algo pueda hacerse significa que deba hacerse?
La modernidad suele primero desarrollar la capacidad de crear algo para después averiguar sus consecuencias atroces a la marcha. Nuestra insistencia en imaginar al ser humano como una entidad superior y separada del mundo que lo habita no es algo que vino desde la invención del smartphone. La tradición cartesiana contribuyó a consolidar esa distinción entre mente y cuerpo. Una vez que el mundo es algo ajeno al sujeto, entonces se convierte en objeto extraño y el autor lo dice: el bosque se transforma en madera, la atención en datos, la personalidad en perfiles, los campos en lotes de construcción.
Kingsnorth comenta que C. S. Lewis en su libro La abolición del hombre formuló una advertencia particularmente perturbadora: “la naturaleza humana terminaría convirtiéndose en la última parte de la naturaleza sometida al poder humano”.
If you can’t read or understand the ‘peer-reviewed science’, then you are open to being intimidated into fearful silence by those who can, or claim they can. And those people—drawn, as all green ‘thought leaders’ are, from the upper strata of society—will bring with them a worldview which treats the mass of humanity like so many cattle to be herded into the sustainable, zero-carbon pen. Interestingly, some of the progenitors of the Fourth Revolution are themselves uneasy about where some of it is leading. Even Klaus Schwab, who in recent years has often been presented as a volcano-dwelling Bond villain pulling the global strings, admits to unease at the speed and scale of change, and how our ‘quintessential human capacities such as compassion and co-operation’ might be eroded by deep shifts like these. The Fourth Industrial Revolution, he admits, ‘will change not only what we do but also who we are. It will affect our identity and all the issues associated with it: our sense of privacy, our notions of ownership, our consumption patterns, the time we devote to work and leisure, and how we develop our careers, cultivate our skills, meet people, and nurture relationships. It is already changing our health and leading to a “quantified” self, and sooner than we think it may lead to human augmentation.’[10] Even as he promotes it, Schwab can see what is coming. Google maps and smartphone apps were always just the beginning. We are headed into a Brave New World of all-knowing smart homes and vat-grown sludge for breakfast, and every step along that road will make perfect rational sense. A panopticon world, remade at the nano level by the allegedly well-meaning, lies just around the corner. C. S. Lewis understood the trap well: Of all tyrannies, a tyranny sincerely exercised for the good of its victims may be the most oppressive. It would be better to live under robber barons than under omnipotent moral busybodies. The robber baron’s cruelty may sometimes sleep, his cupidity may at some point be satiated; but those who torment us for our own good will torment us without end, for they do so with the approval of their own conscience.[11](Kingsnorth, 2025, p.215-217).
Este comentario básicamente resume por qué yo dudo de la “psicología basada en evidencia”, pero, retomando lo que iba, la ciencia se ha convertido en el nuevo Dios, todopoderoso y creador. No hace falta compartir las inclinaciones religiosas de Kingsnorth para comprender la función del uso de las imágenes cristianas. Satanás puede leerse como una figura literaria que representa la tentación, prometiendo poder a cambio de algo cuyo valor vemos solo después de haberlo entregado. El autor, tanto en su libro como en sus entrevistas deja ver que accediendo y disfrutando del uso de la IA, tiktok, o cualquier otra herramienta similar, estamos vendiéndole el alma al diablo.
Ya que, nos encanta pensar que estas son solo herramientas para el “progreso”, pero si uno pone atención a las entrevistas de Silicon Valley y Demis Hassabis, ellos no hablan de herramientas, ellos hablan de superar limitaciones humanas, aumentar capacidades cognitivas, automatizar decisiones. Su vocabulario tiene matices teológicos, diciendo que tienen la responsabilidad moral de curar a la humanidad, siendo que cosas incluso como el envejecimiento son una enfermedad.
The age of AI, the metaverse and the deepening technosphere both results from and turbocharges this way of seeing, to the point that we are now losing contact with reality altogether, all the time imagining that we are ‘progressing’ towards it. ‘Machines and tools’, notes McGilchrist matter-of-factly at one point, ‘are alone coded in the left hemisphere.’ It is the left hemisphere which built Silicon Valley, and Silicon Valley which built us. He believes that ‘we have systematically misunderstood the nature of reality, and chosen to ignore, or silence, the minority of voices that have intuited as much and consistently maintained that this is the case’. Now, as a result, ‘we have reached the point where there is an urgent need to transform both how we think about the world and what we make of ourselves’. In short, ‘the West’ as we know it today is an overwhelmingly left-hemisphere culture, and this descent into a narrow way of seeing has been accelerating as modernity has progressed. At one point, McGilchrist even makes the startling claim that Western art from the modernist period onward often looks like the kind of representation of the world that is produced by people who have suffered brain damage to the right hemisphere, and he is neither being insulting nor speaking metaphorically. Are we in ‘the West’ literally a culture with brain damage? It would explain a lot. How many of us have spent our lives struggling to escape from the burdens placed upon us by our modern minds? I know I have. I feel like a boy born with a largely right-hemisphere sensibility who spent the first half of his life having it drummed out of him by a left-hemisphere culture and the second half trying to claw some of it back. (Kingsnorth, 2025, p. 267-268).
Kingsnorth aquí afirma que Silicon Valley es casi la culminación de una cultura dominada por la mirada fragmentaria. Convertimos al mundo en datos y representaciones manejables y después confundimos esas representaciones con la realidad misma. La IA y la tecnoesfera solo intensificarían este proceso porque introducirían más y más capas de mediación entre nosotros y lo “real”. Kingsnorth lleva la tesis de McGilchrist afirmando que nuestra cultura se comporta colectivamente como si se hubiese hipertrofiado en una forma estrecha, instrumental y descontextualizada.
La propuesta de Kingsnorth: volver al lugar.
El autor insiste en la localidad, la tierra, las comunidades pequeñas y la tradición — ¡claro, pero si el tipo vive en una zona rural al oeste de Irlanda! —. Él resume su propuesta mediante la conexión con la tierra, la naturaleza y la herencia. Desconfiando siempre del poder concentrado.
En mi opinión, tiene razón en que para pertenecer al mundo hay que pertenecer a algún lugar. No es simplemente pertenecer a la humanidad. Quizá por eso la localidad importa muchísimo, porque la Máquina funciona mejor cuando todo es intercambiable, la tierra y el lugar, en cambio, resisten a la equivalencia.
Entonces, la restauración según Kingsnorth no se encontraría solo vendiendo el teléfono de último modelo que compraste hace unos meses, ni escondiendo tu televisor de ti mismo. Se debe resistir a la máquina a partir del estilo de vida que queramos y estemos dispuestos a vivir. Debemos buscar siempre — y vivir siempre— las formas simbólicas para conectarnos con el pasado, la gente, los lugares y las oraciones , resistiendo primero con la mente y las emociones a la vida misma de la máquina. “Raindance to defy the Machine. Raindance to remember your ancestors. . . . Raindance to the forest and the prairie and the meadow” (Kingsnorth, 2025, p.317).
Para ver más información del autor acceda a: https://www.paulkingsnorth.net/about
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