La intimidad como Espectáculo

La intimidad como Espectáculo

En el libro “La intimidad como espectáculo”, la autora Paula Sibilia plantea una predicción sobre lo que redes sociales como tiktok y los reels de Instagram (así como sus formatos performativos) estarían provocando en la humanidad… o mejor dicho, en la humanidad de sus usuarios. 

La necesidad de ser todos autores en formatos performativos

Sibilia comienza planteando una paradoja histórica que le da forma al resto de sus argumentos: En 1968 Roland Barthes (un crítico francés) decreta “la muerte del autor” refiriéndose a que, hasta ese momento, la cultura burguesa padecía de la “tiranía del autor”; el sentido de un texto se encontraba fuertemente ligado a la biografía, a los traumas, secretos e intenciones del creador que las había sufrido en carne y hueso. Entonces, Barthes propuso que la escritura debía ser libre, es decir, que, en vez de que el autor propusiera todo el sentido de la obra, este debía completarse en el espacio del lector.  En su momento, esto resultó grandioso, revolucionario, porque, para efectos del tema que propone Sibilia, este cambio de paradigma permitió al lector  descubrirse a sí mismo entre las páginas de un texto y aportar significado. 

Cuatro décadas han pasado desde aquel decreto y el panorama se ha vuelto radical. Hoy los lectores agonizan y los autores han resucitado. Luego de citar múltiples estadísticas que aluden a la preocupante pérdida de la cultura literaria, al mismo tiempo, se dispara exponencialmente el número de personas que escriben y producen “sentido” en internet. Todo el mundo es un emisor y esto se entiende: en una época cada vez más individualista, en la cual mantener vínculos afectivos con otros sin importar si son hombres o mujeres, adolescentes, adultos o mayores se ha vuelto una tarea difícil, es comprensible que ahora todos sientan la necesidad de ser un emisor. 

Pero entonces algo pasó: la autora critica a los blogs y fotoblogs; sin embargo, aún en ese momento (año 2012) las personas producían sus secretos, sus intenciones y sus anhelos. Ahora la escritura es una performance cuyos formatos se manejan a través de algoritmos. 

 

La consecuencia de los formatos performativos en nuestras narrativas 

Esta nueva técnica no necesita que el contenido de los reels o videos sea valioso, verdadero, ni siquiera particularmente interesante. Su eficiencia consiste precisamente en acostumbrar al cerebro a seguir un guion predecible y fácilmente reproducible, sobre todo cuando este carece de sentido y de profundidad. Como consecuencia, esto resulta muy efectivo para producir sujetos vacíos de referentes: personas que no saben de dónde vienen ni para dónde van, y que, cuando se les exige  pensar por cuenta propia, se quedan en blanco si no tienen una IA cerca que piense por ellos. 

 

Como nota para el lector: Encontrará entre  las páginas, que Sibilia habla de como los espacios están siendo cada vez más creados para el performance, los post en instagram, facebook o snapchat, que para habitar un momento en ellos. Ahora los influencers (y todas aquellas personas que asisten a eventos sociales) comprenderán perfectamente a qué se refiere la autora: La comida que se sirve en estos eventos y la manera en que se dispone no están pensadas para ingerirse sino para ser fotografiadas. Los espacios cuidadosamente decorados y acondicionados son precisamente aquellos destinados a convertirse en escenarios para las fotografías  y los videos. Fuera de ellos, el resto es escenografía sobrante: personas de pie sin saber muy bien qué hacer, sosteniendo copas de champán barato mientras esperan que llegue una hora prudente para marcharse. La dinámica parece reducirse a algo sencillo: llegar, aparecer, producir contenido y retirarse. El evento, no necesita vivirse, solo necesita demostrar que ocurrió.

 

Sibilia ilustra las primeras etapas de este  fenómeno que ahora todos conocemos  (el de vivir a través de una performance más que por la experiencia) con un experimento neoyorquino del 2005, Novel: A Living Installation. 

Este consistía en el encierro voluntario de tres escritores en cubículos traslúcidos durante un mes para escribir una novela, mientras eran presenciados por un público. Los organizadores del experimento hicieron énfasis en que “lo que escriban no es tan importante como su manera de vivir mientras escriben”, ya que la exposición tenía como propósito “considerar los aspectos públicos y privados de la escritura”.  Entonces, el verdadero producto de consumo no es la novela en sí, sino la performance de la escritura y su exhibición. 

 

La autora luego describe el fenómeno de los pornólogos y la autobiografía sin obra: 

Se trata de una exprostituta que comenzó su carrera de escritora en un blog, en el cual relataba sus experiencias con los diversos clientes. Tras haber sido descubierta por la industria editorial, se convirtió en la gran atracción de las bienales del libro de San Pablo y Río de Janeiro; fue una de las invitadas especiales de la Feria del Libro de Buenos Aires, y luego presentó sus obras en Europa y en los Estados Unidos. Su primer libro autobiográfico se llama El dulce veneno del escorpión: diario de una acompañante. Lanzado al mercado brasileño en 2005, combina fragmentos extraídos del blog y una breve biografía de la joven. No se trata, claro está, de ningún viaje autoexploratorio al estilo del homo psychologicus: nada de buceos introspectivos y excavaciones retrospectivas plasmadas en densos flujos de consciencia. Entre otros motivos, porque la redacción de la parte más estrictamente “autobiográfica” no fue escrita por la supuesta autora, sino por un ghost-writer que recibió el encargo. El enorme éxito del producto, sin embargo, resultó de esa sobreexposición de la personalidad y la vida privada de la protagonista, que obviamente también es la narradora y por lo menos la coautora. A pesar de utilizar algunos recursos de los viejos diarios íntimos, este libro se distancia claramente de aquel paradigma de la interioridad para crear y vender un personaje espectacularizado. Un yo supuestamente real lanzado a la visibilidad total, sin pretensión alguna de rozar una realidad más fundamental que aquella que se muestra en primerísimo plano (sibilia, 2012, p.232). 

 

Y la paradoja de Victoria Beckham: 

Publicó su autobiografía en 2001, bautizada como Aprendiendo a volar. Su intención era “dejar todo claro”, tras no haber logrado impedir la publicación de por lo menos dos biografías no autorizadas, una sobre ella sola -Victoria’s Secrets- y otra sobre la pareja -Posh & Becks-. Según la editorial, el tema del libro es “la realidad de la fama”, pues en sus páginas cuenta “cómo es ser la mitad de la pareja más famosa de Gran Bretaña y cómo alguien se siente cuando se transforma en el blanco de tanta adoración y envidia”. En este caso, la “autora narradora personaje” “habla abiertamente sobre las controversias que la cercan, incluyendo la verdad sobre el comienzo de las Spice Girls, su casamiento y su salud”.12 Sin embargo, en una de las miles de entrevistas que esta celebridad de origen británico suele conceder a la prensa, deslizó que jamás había leído ni siquiera un libro en toda su vida, aduciendo falta de tiempo y desinterés por esa actividad. Cuando el entrevistador se vio obligado a preguntarle si tampoco había leído su propia autobiografía, ocurrió un verdadero hito del género (Sibilia, 2012, p.235)

 

Sibilia confirmó que en esta nueva era cualquiera puede reclamar el estatuto de autor, narrador y personaje convirtiéndolos en éxitos editoriales. Estas obras pueden basarse en el chismorreo, la frivolidad y el exhibicionismo de la vida privada. 

Pero no se queda allí, pues esto se transforma en una competencia de autenticidad, que paradójicamente convive con la idea de existir en los formatos que la internet y el Big Brother producen y viralizan. 

Paula Sibilia y la paradoja de la autenticidad performativa

En el año 1888 Nietzsche escribía en su autobiografía Ecce Homo el famoso: “Ante todo, yo soy tal y tal, ¡sobre todo, no me confundas con otros!“

 En esos años, en los cuales destacarse del resto no era lo que hoy es (una exigencia crónica y obligatoria), ese gesto fue leído como un síntoma de su megalomaníaco espíritu. 

La autora luego nos remonta al año 2006, cuando la revista estadounidense Time premiaba a la “personalidad del año”; esta casi siempre debía ser una figura radicalmente opuesta, pero compartía lugar con Narciso, “usted”. La portada tenía un espejo brillante y la publicación de dicha personalidad celebraba la ascensión de gente como “usted” y como “yo”, mortales comunes y corrientes, que lograban llegar a las vitrinas de la red mundial. ¿No suena familiar? Desde mi punto de vista, Paula se basa en esto para luego predecir lo que ocurriría con la raza humana en las historias de Instagram, los reels de youtube y de tiktok llenos de los “what I eat in a day” o “Una mañana conmigo siendo estudiante universitaria” o “álístate conmigo”. Estos van a cartografiar el desplazamiento de una subjetividad interior silenciosa hacia el exhibicionismo del espectáculo. 

Vlogs videos What i eat in a day Paula Sibilia

La tesis central de este libro diagnostica la crisis del Homo psychologicus y del homo privatus (hago una pausa para referirme al por qué es tan importante que los psicólogos analicemos este tipo de libros y dejemos de tratar a la humanidad como si todos fueran una copia de los demás con nuestro TCC). Anteriormente, estas configuraciones del “yo” que florecieron durante los siglos xix y xx desde la privacidad doméstica, excavándonos en las páginas de un libro, en cuya anatomía la psicología se informó para tratar a los sujetos de la época, ya no existen más. Y los psicólogos seguimos pensando (la gente sigue pensando) que somos los mismos y definitivamente no es así. Y eso la autora lo deja muy en claro. 

 

Antes, para estructurar al sujeto y su identidad, se requería de paredes opacas. La autora se refiere a la idea de Virginia Woolf que describe el confort del hogar y del cuarto propio como componentes básicos para ejercer las prácticas del yo: los diarios íntimos tradicionales, cuadernos que se resguardaban bajo una llave en donde se tejía una arqueología del yo; existía un diálogo con el propio pasado. 

La experiencia vital de cada sujeto es una narración que sólo puede pensarse y estructurarse como tal cuando el lenguaje la diseca y la modela. Sin embargo, tal y como ocurre con su personaje principal, ese relato no representa simplemente la historia que se ha vivido, sino que la presenta. Y, de alguna manera, también la realiza, le concede consistencia y sentido, delinea sus contornos y la constituye. En este sentido, Virginia Woolf fue quien lo expresó de la mejor manera, mientras vertía su propio néctar en las páginas de un diario íntimo: “es curioso el escaso sentimiento de vivir que tengo cuando mi diario no recoge el sedimento”.2 La propia vida sólo pasa a existir como tal, sólo se convierte en Mi Vida, cuando asume su naturaleza narrativa y se relata en primera persona del singular. O bien, como escribió Kafka en su diario: “cuando digo algo, pierde inmediatamente y de forma definitiva su importancia; cuando lo escribo, también la pierde siempre, pero a veces gana una nueva’y O incluso, como constató otra gran artífice de este género, Ana Frank: “lo mejor de todo es que lo que pienso y siento por lo menos puedo anotarlo; si no, me asfixiaría completamente”.4 He aquí el secreto a voces del relato autobiográfico: hay que escribir para ser, además de ser para escribir. (Sibilia, 2012, p.39-40)

 

En cambio hoy, la autora advierte que esos muros se han vuelto totalmente translúcidos. Las pantallas electrónicas no tienen bien clara la delimitación de lo que es público y privado. Estamos hablando de que Sibilia escribió esto cuando los blogs estaban de moda y en Facebook se publicaban cosas como “lo que desayuné hoy”, “mi café de Starbucks”. No existía el formato de Reels en el que hoy la gente insiste en grabarse en la ducha de los hombros para arriba para admirar cómo se lavan el cabello después de una intensa sesión en el gimnasio para que podamos con todo confort envidiarle la forma de sus hombros y espalda. O grabarse apenas se despierta para que le veamos lavarse los dientes, el rostro y que las chicas se quiten los rulos y la mascarilla con la que se acostaron la noche anterior. 

 

El fin de las prácticas del yo en la humanidad de los usuarios. 

Todo esto, la autora lo catalogó como el diario éxtimo: esta exposición crónica, voluntaria y sistemática de nuestra propia intimidad en las vitrinas globales del ciberespacio. 

Sibilia narra, a partir de una brillante analogía temporal, esta mutación utilizando la metáfora de Roma y Pompeya. Roma evoca al sujeto cuya memoria se encuentra debajo de capas geológicas de sentido acumulado que, gracias a estas, sostienen el presente. Luego, tenemos a la Pompeya petrificada, las narrativas de la web que en ese entonces eran los blogs, fotoblogs y publicaciones efímeras. Estas no articulan una historia vital coherente; por el contrario, solo son restos de instantes presentes, que se ordenan cronológicamente, pero no hay espesor semántico en ellas. Por lo tanto, desde el principio, Paula Sibilia asegura que, cuando los sujetos no tienen memoria ni memoria colectiva real, los cimientos en los cuales “construyen” su subjetividad son inestables. No sabemos quiénes somos, quiénes fuimos, adónde estamos ni adónde pertenecemos. 

 

La vorágine industrialista habría atropellado las condiciones que permitían la narratividad en el mundo premoderno, un entorno arrasado por el frenesí de las novedades: con un aluvión de datos que, en su rapidez incesante, no se dejan digerir por la memoria ni recrear por el recuerdo. Esa aceleración habría generado una merma de las posibilidades de reflexionar sobre el mundo, un distanciamiento con respecto a las propias vivencias (Sibilia, 2012, p.48) 

 

La destemporalización sería uno de los elementos constitutivos de este nuevo cuadro. Se refiere al abandono de la idea del tiempo como un flujo lineal y constante, impulsado con todo el vigor de las fuerzas históricas que lo empujaban desde el pasado hacia un futuro prodigiosamente abierto. En esa perspectiva, el mañana se dibujaba como un fruto deseado del pasado y del presente: ya fuese imaginado en términos de progreso o de revolución, era siempre un resultado buscado y construido -y, por lo tanto, en cierta medida previsible- de la acción histórica presente. Pero en la posmodernidad ese flujo se habría detenido, y la primera consecuencia de ese congelamiento sería un aparente bloqueo del futuro: ahora el porvenir no parece más hospedar aquella promisoria apertura hacia la diferencia. En cambio, se le teme a esa posibilidad que alberga en sí lo desconocido, por eso se intenta mantenerla técnicamente bajo control (Sibilia, 2012, p.133). 

 

Por lo tanto, el individuo se somete a un “presente inflado”; el pasado pierde su propósito causal y, por lo tanto, el porvenir nos aterra… (en otro libro estaré hablando de por qué la incertidumbre vuelve locos a la famosa “generación de cristal”, dicho sea de paso, de la cual soy parte). Aquí, lo único a lo que podemos aferrarnos, que no es pura ceniza como la Pompeya petrificada en la que vivimos, es la técnica de la visualización: ¿Si un árbol cae y nadie está allí para escucharlo, realmente cayó?

 

La autora, por lo tanto, empieza a hablar de la supuesta “democratización” de las redes sociales. Demostrando que, efectivamente, todo es político, estas prácticas de sobreexposición están profundamente capturadas por el mercado capitalista. En esta era de acceso y visibilidad crónica, las subjetividades se ven obligadas a gestionarse a sí mismas como marcas personales. En los libros de Byung-Chul Han: “La sociedad del cansancio” y “Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas del poder”, el autor también habla de esto: cómo los modos de ser, la identidad y todas aquellas cosas que utilizamos para autorreferenciarnos no son sino mercancías desechables. Sibilia menciona que las redes sociales, así como las revistas, los medios de comunicación, la educación, los estándares de belleza y cualquier otro tema que se distribuya en redes, requieren transformarse en identidades prêt-à-porter estandarizadas que se ofrecen luego en catálogos mediáticos. Los sujetos, en principio, aprendimos a emular para no caer en el olvido, en la obsolescencia de la vida. 

Hablo, por ejemplo, de los “fitness influencers”, de las chicas de “OnlyFans” cuyas páginas las muestran probando nuevos productos de belleza en su rostro, aunque todo el mundo sabe que solo se les ve bien porque son mujeres hermosas; igual con la ropa, solo les queda bien a aquellos cuerpos “favoritos de Dios”. Sin embargo, el propio cuerpo de estas chicas (y de todas en general) se desinterioriza para ser un objeto de diseño performativo, obediente a la creencia de “aparecer es ser” o como George Berkeley diría “ser es ser percibido” 

 

La  intimidad como espectáculo y la vanidad radical.

La culminación de esta mutación se hace explícita en el análisis que Sibilia realiza de la estetización de la vanidad radical.  Anteriormente he puesto los ejemplos de los “what i eat in a day” o “un día conmigo”. Incluso cuando este formato de video de menos de un minuto, donde se dicen las mismas cosas, con los mismos cortes, con las mismas ediciones, incluso, con las mismas recetas, antes de todo esto, Sibilia comprende que el mensaje de todos es el mismo: “Mi vida es como la suya, entonces no hay de qué preocuparse, estamos todos en la misma banalidad, todos queremos lo mismo, y si tú no quieres esto, deberías quererlo igual”. 

 

Lo que la autora manifiesta suena incómodo, pero ella afirma que todo esto se trata de “una tranquilidad conformista que celebra la mediocridad propia y ajena con un único propósito ontológico: ahuyentar el pánico a la soledad a través del eco legitimador de la mirada del otro”.

 

Sibilia hace que el lector se sienta como un ser patético en busca de atención parental, y es la verdad. Sobre todo, las mujeres tenemos esta presión de ser vistas y deseadas; hacemos lo imposible por eso; ya no sabemos quiénes somos ni por qué hacemos lo que hacemos. Buscamos conexión en todas partes para luego llegar exhaustos a casa y solo deseamos convivir con la predictibilidad de nuestra pantalla; ya conocemos los formatos de los story times, ya sabemos qué influencer nos gusta y nos hace sentir cómodos. Sabemos quién es el que muestra una vida que adoraríamos vivir y que, claro,  seguimos viendo porque, aunque nos hace sentir mal con nuestras vidas, al menos podemos imaginarla como un anhelo propio al percibirla por unos segundos a través de la pantalla de nuestro celular. 

 

Sin embargo, la pregunta más importante y seria del libro es: si la visibilidad total es la única garantía de nuestra existencia, ¿para qué propósito se nos está usando realmente al obligarnos a mostrar todo lo que somos?

 

Puede consultar la biografía de la autora en https://es.wikipedia.org/wiki/Maria_Paula_Sibilia

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